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viernes, 20 de julio de 2012

La Gran Evasión

En 1960 John Sturges rodó Los Siete Magníficos, adaptando con las más grandes estrellas de Hollywood Los Siete Samuráis (1954), el clásico de Akira Kurosawa. Poseía, para lo bueno y lo malo, un ritmo y un estilo definitorio del cine más comercial del momento, y pertenecía al género americano por excelencia, el western. Tres años después, quiso repetir la misma fórmula que tan buenos frutos le dio, juntando a varios de los actores que participaron en Los Siete Magníficos, Steve McQueen, Charles Bronson y James Coburn, pero esta vez trasladando la acción a la Alemania nazi en plena II Guerra Mundial. Las pretensiones de Sturges, como puede intuirse en el título, fueron las de hacer una película grande, quizás la definitiva, del género bélico en su vertiente menos comprometida y más orientada a la acción y al entretenimiento puro y duro.

En ese sentido, podemos ver como las dos primeras horas del film son la parte más floja del metraje, con multitud de concesiones plasmadas en un campo de concentración en el que el trato a los prisioneros resulta de lo más inverosímil y ajeno a la realidad, pareciendo más bien un campamento de scouts donde los alemanes alojan al enemigo con la mayor de las atenciones y cuidados, en vez de castigar cualquier tentativa de fuga de la forma más severa posible, como seguramente debió corresponder.

Sin embargo, es en los tres últimos cuartos de hora, los de la fuga propiamente dicha, cuando Sturges se toma la película más en serio, pasando a un ritmo mucho más trepidante con el que la historia va tomando cuerpo y sentido. Precisamente, gracias a ello la película deja un buen sabor de boca, pudiéndose disfrutar del resto de virtudes, como un reparto que, ahora sí, parece aprovechado. De esta manera, personajes como el de Steve McQueen, con su fuga en moto o en la celda con el guante y la pelota de béisbol, Richard Attenborough huyendo a pie de los alemanes o James Coburn tomando café en una terraza de la Francia ocupada, pasarían a formar parte de los mitos de la historia del cine.






viernes, 9 de marzo de 2012

James Coburn, muerde la bala

En un gran número de westerns solía aparecer un actor inconfundible por su carisma,  desgarbado y con una mirada especial, a veces cínica pero siempre inteligente, común a esos actores cuyo magnetismo era capaz de transmitir la atracción necesaria para meter al espectador en el bolsillo, de esas miradas que por sí mismas te permiten saber que estás ante un grande sin necesidad de recitar textos de Shakespeare. Mirada de genio. Ese era James Coburn, conocido no sólo por sus westerns, también por sus colaboraciones con Sam Peckimpah y otras películas bélicas y de acción.

Sus inicios coincidieron con su etapa más gloriosa, empezando con el remake del film de Kurosawa Los 7 Magníficos (1960, John Sturges), en la que interpretaba a un mercenario cuya maestría con el cuchillo quedó más que patente en un par de escenas memorables. Tres años después, repitió con John Sturges, Steve McQueen y Charles Bronson en La Gran Evasión, esta vez el desierto mexicano daba paso a un campo de concentración nazi, donde protagonizó una de las huidas más míticas de la historia del cine. En 1964, regresa al oeste para acompañar a Charlton Heston y Richard Harris en Mayor Dundee, película que sería su primer trabajo con Sam Peckimpah.

En la década de los setenta viaja a Italia para rodar un par de spaguetti westerns, uno de ellos de la mano de Sergio Leone, Agáchate Maldito (1971), y vuelve a ponerse a las órdenes del tío Sam en dos ocasiones. La primera sería en un nuevo western, Pat Garrett y Billy the Kid (1973), donde dejó para el recuerdo su interpretación del sheriff Garrett. La segunda y última fue La Cruz de Hierro (1977), un interesante y peculiar acercamiento al ejército nazi, en el que encarna a un soldado alemán que se enfrenta a su superior, un megalómano general, de la vieja escuela prusiana, fascinado por el honor y las condecoraciones en batalla, que fue brillantemente interpretado por Maximilian Schell.

Como suele ocurrir, los ochenta y noventa no le sentaron nada bien, con la excepción de una joya dirigida por Paul Schrader en 1997, Aflicción, protagonizada por Nick Nolte, y en la que Coburn interpretaba a un padre maltratador y alcohólico, cuyos actos condicionaron para siempre la actitud de su hijo. Esta no fue su última interpretación antes de fallecer, parece mentira, en 2002, pero si la más destacable de esta etapa final y una buena manera de decir adiós.

Cuatro grandes, de izq. a dcha.: Coburn, Sturges, McQueen y Bronson
James Coburn, algo más madurito

martes, 15 de febrero de 2011

El mundo en guerra




El bélico ha sido un género que, independientemente de su ubicación espacio-temporal, ha tratado en multitud de ocasiones el lado más vulnerable del ser humano: en situaciones de alto riesgo, en soledad y lejos del hogar, en una dinámica de alerta constante, sus personajes han consentido que se les despojara de esa coraza llamada virilidad para enseñar el latido del miedo y el horror en su más pura esencia. La guerra obliga a hombres normales, en su mayoría jóvenes inexpertos y asustadizos, a convivir en un mismo espacio con un objetivo común: salvar la vida. Eso posibilita estrechar entre ellos fuertes lazos de amistad, reflejados en la confesión y la solidaridad mutua, muy presentes en la mayoría de films bélicos. Es también frecuente que se produzca una extraordinaria dualidad: por un lado, se nos muestra a soldados crueles y sanguinarios en el fragor de la batalla, pero por otro, la guerra contamina al ser humano de una fragilidad sentimental incomparable a la de cualquier género. Por ello, no resulta exagerado afirmar que es el género en el que más veces hemos visto llorar a un hombre, y es precisamente esta introspección del soldado la que lleva al género bélico a oscilar entre su carácter documental e ideológico, más o menos tendencioso, y el carácter reflexivo, interesado siempre en la compresión del alma humana.
           
Sangre, sudor y lágrimas (1942)
Podríamos establecer una división del cine bélico entre aquellas películas que realizan una exposición tendenciosa y subjetiva de los hechos, otras con un potente mensaje antimilitar y aquellas interesadas exclusivamente en el espectáculo y la pirotecnia.  Entre las primeras, destinadas al ensalzamiento patriótico, hubo una gran proliferación de títulos durante los años cuarenta, en los años de la Segunda Guerra Mundial y posteriores. Es el caso de Sangre, sudor y lágrimas (1942, David Lean y Noel Corward), Jornada Desesperada (Raoul Walsh, 1942), Bataan (1943, Tay Garnett) y Objetivo: Birmania (1945, Raoul Walsh). Estas películas evidencian un profundo fervor patriótico y ensalzamiento militar que no ocultan bajo ningún concepto, algo que podremos encontrar en películas posteriores como Boinas Verdes (1968, John Wayne y Ray Kellogg), Top Gun (1986, Tony Scott) o Cuando éramos soldados (2002, Randall Wallace).

James Coburn en La Gran Evasión
Por el contrario, el antibelicismo surge casi como un subgénero en sí mismo, pues asume un compromiso claro de denuncia y, mediante la exposición de los hechos, le da la vuelta al mensaje que se venía transmitiendo. Tenemos claros ejemplos, como Sin novedad en el frente (1930, Lewis Milestone), Adiós a las armas (1932, Frank Borzage), Senderos de gloria (1957, Stanley Kubrick) y Apocalypse Now (1979, Francis Ford Coppola). Todas ellas son vehementes alegatos en contra de la sinrazón de la guerra, a las que hay que sumar otras películas que poseen un mensaje también antibelicista, pero que se mantiene en segundo plano, en pos de la espectacularidad pirotécnica hollywoodiense, preocupadas más por el entretenimiento que por la carga ideológica de sus mensajes, pero no por ello de inferior calidad como El Puente sobre el río Kwai (1957, David Lean), La gran evasión (1963, John Sturges), Doce del patíbulo (1967, Robert Aldrich), Patton (1970, Franklin J. Schaffner) o Salvar al soldado Ryan (1998, Steven Spielberg).

De Niro en El Cazador
La crónica del regreso tras la guerra también ha sido una gran fuente de inspiración para muchos cineastas, atraídos por esos héroes incomprendidos por la sociedad, despojados de medallas y honores, sobre todo si la guerra en la que participaron acabó en derrota. Es el caso de Michael (Robert de Niro) en El Cazador (1978, Michael Cimino), un humilde trabajador de una fábrica que disfrutaba de la vida cazando y bebiendo con sus amigos y, tras servir en la guerra de Vietnam, su vida no volvería a ser la misma. El mismo tema es tratado en Los mejores años de nuestra vida (1946, William Wyler), Fred Derry (Dana Andrews) descubre, al volver de la guerra como su mujer le ha sido infiel durante ese tiempo, Al Stephenson (Fredric March) observa impotente cómo se ha perdido la infancia de sus hijos y Homer Parrish (Harold Russell) sufre las consecuencias de volver de la guerra con las manos amputadas. Todos ellos sufrirán la frialdad e indiferencia de una sociedad que ha vivido de lejos los acontecimientos de la guerra. De la misma manera es marginado Ron Kovic (Tom Cruise) en Nacido el 4 de Julio (1989, Oliver Stone), un joven voluntario lleno de ideales que regresa de Vietnam postrado en silla de ruedas y abandonado en un cochambroso hospital. Todos estos ejemplos representan a soldados caídos en desgracia, incapaces en la adaptación y reincorporación al sistema que les mandó luchar, situados en las antípodas del héroe patriota del cine pro-belicista, que viven atrapados en sí mismos, huyendo de los fantasmas del pasado y condenados a un final existencial trágico e inevitable.

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