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miércoles, 5 de octubre de 2011

Espartaco


Esta entrada de hoy es una antigua crítica que tenía publicada en la web filmaffinity. La he retocado un poco, básicamente porque nunca quedo contento del todo con el resultado final de las entradas, y si no me pusiera impedimentos a mí mismo, estaría cambiándolas hasta el día del juicio. De todas formas, esta crítica lo requería, aunque en esencia sigue siendo la misma. 

Creo que Espartaco fue la cuarta o quinta película que dirigió Stanley Kubrick. Por aquel entonces no debía ser un director consolidado y aun estaba bajo la férrea intransigencia de los productores y Kubrick no podía ser Kubrick, demostrar todo lo que llevaba dentro. Normalmente esta situación no es en absoluto positiva, pues no permite aflorar el talento del genio, pero en mi opinión, "Espartaco" es la mejor película de Kubrick, me gusta mucho más que otras películas consideradas mas kubrickianas como La naranja mecánica (1971) o El resplandor (1980). Y el tanto se lo debe anotar Issur Danielovitch Demsky, conocido artísticamente como Kirk Douglas, un judío americano de padres rusos que fue el productor ejecutivo, y antes de contratar a Kubrick, puso bajo la dirección a Anthony Mann, al que despidió para conseguir esta obra maestra, que pasará a la historia como la mejor película "peplum" que ha parido el séptimo arte.

Douglas y Kubrick, en el rodaje de Espartaco
La lucha de un esclavo que se rebela contra el poder de Roma para liberar a los oprimidos fue la historia perfecta para encumbrar a Douglas como uno de los grandes iconos de los cincuenta y de siempre. Las intenciones de Espartaco fueron dirigidas hacia la liberación de los esclavos de la península itálica para después poder huir de la misma y así tener una vida digna más allá de las fronteras del Imperio Romano. Su sacrificio contribuyó a la caída del sistema esclavista romano y, a partir de entonces, la vida del esclavo romano sería distinta.

Al margen de la valía de la película como testimonio histórico, las interpretaciones resultan fabulosas, llevadas a cabo por reparto difícilmente igualable: Kirk Douglas, Jean Simmons, Laurence Olivier, Charles Laughton, Peter Ustinov, Tony Curtis, Woody Strode...
La duración del film (unas 3 horas) se compensan con el ritmo de la película, que alterna las escenas en Roma en las que el senado debate qué hacer con Espartaco, con las del propio Espartaco arrasando todo lo que encuentra a su paso, hasta finalizar con el trágico final en Apulia.
Además, la película alberga una de las mejores escenas de la historia del cine, en las que los fieles seguidores de Espartaco corean la célebre frase "Yo soy Espartaco"... una escena mítica que a servidor todavía le pone los pelos como escarpias. Una película emocionante, trepidante y muy humana que sin duda está entre las 20 mejores películas de la historia.

viernes, 28 de enero de 2011

Roma, cuna de héroes

El denominado peplum o cine de romanos merece una mención aparte al margen del cine de aventuras, ya que no nace, únicamente, con un afán de ubicarlo en un marco espacial (el Imperio Romano) y temporal (la Antigüedad), pues tiene un tratamiento muy diferente del concepto de héroe que se da en el cine de aventuras. Podríamos decir que es un subgénero dentro del género.
El sello de héroes como Tyron Power o Errol Flynn era su pasión por la aventura, casi que su razón de ser era la aventura en sí misma que un medio inevitable para lograr sus objetivos. Sin embargo, con titanes del peplum como Charlton Heston o Kirk Douglas, la felicidad es una quimera, lejos de la inconsciencia casi juvenil de los Flynn o Power, aceptan los avatares de la vida y los convierten en su modus vivendi.
En realidad, el cine de romanos surge en los años cincuenta y sesenta en Italia, en los míticos estudios Cinecittá. No obstante, sería de una más que dudosa calidad, por lo que hay que referirse a las grandes producciones estadounidenses para mencionar las obras que lo popularizaron. Films como La túnica sagrada (1953, Henry Koster), Ben-hur (1959, William Wyler)  o Espartaco (1960, Stanley Kubrick), honran a los dioses del olimpo romano con un héroe infatigable, fuerte como el titán Atlas, de honor intachable, siempre dispuesto al más duro de los martirios e incluso sacrificar su vida con tal de salvaguardar un ideal.
Se podría decir que Charlton Heston es el actor que más veces se ha metido en la piel de un personaje histórico: Moisés, El Cid, Miguel Ángel, Marco Antonio, Enrique VIII... Sin embargo, ninguno de ellos le otorgó tanta fama como el de Judah Ben-hur. Otros actores encarnaron al conocido judío de la novela de Lewis Wallace pero, para la humanidad, Ben-hur siempre será el adusto rostro de Charlton Heston.
El otro coloso del peplum sería Kirk Douglas. Su imponente presencia e indudable carisma hacían de él el actor perfecto para encarnar al romántico Espartaco, un personaje con el cual Douglas se sentía muy identificado, el esclavo tracio que planta cara al todopoderoso imperio, sacudiendo los cimientos de la invencible Roma.
Tras décadas en el olvido, el género tuvo su último coletazo con el as que se sacó de la manga Ridley Scott: Gladiator (2000). En ella un semidesconocido Russell Crowe daba vida al general romano Máximo, un soldado íntegro adorado por sus legiones, favorito del emperador Marco Aurelio (impagable Richard Harris) y a la vez envidiado por el hijo de este, un hombre carente de la virtus romana, Cómodo (Joaquin Phoenix) que, una vez césar, mata a toda la familia de Máximo por no apoyar su nombramiento. Así, nuestro héroe se verá obligado a llevar a cabo su particular venganza sin importar el coste, incluso como el dice, "en esta vida o en la otra".
Russell Crowe, el Gladiador.

martes, 26 de octubre de 2010

El loco del pelo rojo

La desdichada vida de Van Gogh fue adaptada al cine en 1956 por Vincent Minnelli (Lust for life fue el título original), quien no pudo estar más acertado al asignar a Kirk Douglas el papel de genio atormentado. A pesar del carisma que desprende en cada gesto interpretando a Espartaco (1960, Stanley Kubrick) o el temor que produce el desfigurado rostro de Einar en Los Vikingos (1958, Richard Fleischer), fue la personificación de Van Gogh su papel más aclamado. Más allá de su increíble parecido físico, pocas veces se ha visto en el celuloide una interpretación tan descarnada de un hombre que lucha contra sus propios demonios, contra sí mismo. Un hombre impulsivo, desordenado e irritable, y en cuyo interior hierve un talento capaz de plasmar, únicamente, en un lienzo, demostrando sentimiento, fuerza y belleza pero, como el bueno de su hermano Theo dice "nunca llegará a ser feliz", azotado por los miedos y el fracaso.

De esta manera, naufragan cada uno de sus proyectos: su deseo de ayudar a los más necesitados en su primera etapa como sacerdote, las relaciones amorosas, la convivencia con Gauguin, el taller de artistas que pretendió crear en Arlés, y así hasta el final de sus días.
Además de Douglas, el papel de Paul Gauguin es interpretado por Anthony Quinn. Ambos nos muestran con maestría, mediante una escena en la que discuten acaloradamente, como era la tortuosa relación que los unía, sus desacuerdos artísticos y sus anhelos en la vida.

Por otra parte, el cuidado que aplica Minnelli en la elaboración de las reproducciones de sus cuadros alcanza la perfección, sorprendiéndonos con decorados y exteriores muy precisos de obras tan conocidas de Van Gogh como Los comedores de patatas, El café nocturno o El dormitorio de Van Gogh en Arlés. Así, podríamos afirmar que se trata de un film muy recomendable para cualquier aspirante a actor, cinéfilo o aficionado al arte. Una película de altura, que dista mucho de ser un simple biopic, al tratar temas vinculados al sentido de la vida y la vana búsqueda de un hombre, a pesar de contar con poderosas armas, de un hueco en la vida.

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