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martes, 22 de enero de 2013

Django desencadenado

 O "Tarantino" por Quentin Tarantino
 
Tanto tiempo siguiendo la filmografía del bueno de Quentin me ha servido para reafirmarme en la idea de que al enfant terrible del cine independiente americano ya no le apetece hacer películas con mayúscula, ya no le divierte. Ahora prefiere hacer entretenimiento puro y duro, muy bien hecho además. Prefiere invertir el talento y la desbordante creatividad que otrora mostró con inigualable estilo, en collages como el que nos ocupa, descuidando e incluso me atrevo a decir que despreciando su anterior concepción del cine. Uno tiene la sensación de que Tarantino se ha cansado de aquél Tarantino del que se esperaba algo fresco y único, se ha cansado de levantar expectativas y verse obligado a cumplirlas y parece haber encontrado una fórmula que divierte tanto a incondicionales como a sí mismo.

La tan esperada incursión en el spaghetti del eterno admirador del spaghetti no es ni una visión personal de aquella celebrada reinterpretación del western, ni un homenaje. Homenaje al spaghetti son las perlas que el propio director americano introducía en sus Kill Bills y aquellas que inundaban su última película. Eran detalles, guiños que con cierta elegancia introducía puntualmente en historias fuera de contexto. Y eran de agradecer. Las referencias en directores con estilo nunca sobran.
Lo que Tarantino perpetra en Django desencadenado (Tarantino, 2012) es un homenaje a sus propios homenajes. No sólo los referentes al propio spaghetti western, si no el excesivo subrayado sangriento de cada disparo que nos remite a su gusto por la serie B y a su pasión por "lo japo". Uno asiste a una sucesión de lugares comunes tarantinianos, que sólo generan complacencia en su público, que asiste adulante a cada tic, a cada guiño, a cada gesto de complicidad. Tarantino ya no homenajea al cine, ya no muestra sus influencias. Se limita a centrifugar sus propias manías y a compartirlas en pantalla con aquellos que pasaron de disfrutar con su cine inicial a disfrutar con su persona.

Dio un giro con Kill Bill: Volumen 1 (2003), se centró en el "siempre quise hacer una peli de japos", pero aquello seguía siendo una película en sí misma. Hizo lo propio con Grindhouse (2007) aunque con horroroso resultado. Y lo que parecía ser un alto en el camino con Malditos Bastardos (2009) parece la continuación de una senda que uno no sabe muy bien hacia donde lleva, salvo al interior de Tarantino.
Dr. King Schultz y Django
La película es entretenida, aún siendo larga como un domingo de resaca sin novia. Es visualmente estimulante, tiene un argumento bien llevado, mantiene cierta tensión aunque llega un momento en que lo formal se merienda al trasfondo. Está muy bien interpretada, especialmente por Waltz y DiCaprio. A ratos bien musicada y a ratos atrozmente. El anacronismo es gracioso cuando no se abusa de él pero...¿Hip hop y Morricone? Por dios bendito Quentin, frena un poco con la fusión que me entran ardores.
A partir de la primera media hora, tuve la sensación de estar viendo Malditos Bastardos en el Oeste. No por argumento, no por guión, no por contexto. Pero es la misma estructura, la misma idea. Tarantino reescribe la historia, again.
Escoge dramas históricos, auténticas tragedias colectivas e inflige la venganza pertinente. Frivoliza, gamberrea, ridiculiza. A algunos les parece una falta de respeto, a mi me parece que el que se tome esto en serio simplemente tiene ganas de gresca. Si en la anterior cinta fueron los nazis, ahora son los esclavistas.

Yo te perdono por lo que fuiste, porque me caes bien, porque ver cada nuevo parto nunca es una pérdida de tiempo, pero amigo, deja de mirarte el ombligo, levanta ese divino mentón y vuelve a hacer pelis, que talento te sobra, crack.


Jamie Foxx es Django
Christoph Waltz es King Schultz
Leonardo DiCaprio es Calvin Candie
Samuel L. Jackson es Stephen
Kerry Washington es Broomhilda

sábado, 17 de noviembre de 2012

Sin Perdón

Clint Eastwood puso fin a su idilio con el western con Sin Perdón (1992), donde una vieja gloria del far west, Will Munny (Eastwood), marcada por las estrecheces económicas acepta una última misión: vengar a una prostituta que ha sido maltratada.

Este punto de partida sirve a Eastwood de excusa para dar carpetazo al paradigma dominante que él mismo se encargó de construir. En este sentido, la película es revisionista, porque toca las estructuras del género, y también, desmitificadora. ¿Por qué? Porque Will Munny y su amigo Ned Logan (Morgan Freeman) se encuentran en el ocaso de sus vidas. Son continuas las referencias a un pasado común, violento y lleno de éxitos, en el que ambos se encontraban en plenitud de facultades. Ahora Munny es viejo, torpe, incapaz de montar a caballo ni disparar a un blanco fijo a diez metros de distancia. En este sentido, es una película con pinceladas de western crepuscular, en la que sobrevuela esa idea de fin de ciclo, de cerrar una etapa.

Para profundizar en esta idea alejada de los héroes de una pieza, se les unirá Scofield Kid (Jaimz Woolvett), un joven ansioso por aparentar aquello que no es y ocultar sus defectos, pero será incapaz de engañar al viejo zorro de Ned, quien le lanzará perlas como:

"No hay ningún halcón Kid, no ves una mierda ¿verdad?"

Little Bill (izqda.) y Bob el Inglés (dcha.)
También Bob el Inglés (interpretado con la maestría que le caracteriza a Richard Harris) es un personaje muy revelador en este sentido, pues aparece como un pistolero legendario, de excelente porte y gran orador, acompañado de su biógrafo personal, del que se cuentan miles de hazañas, pero que no resultan ser tales. Gene Hackman (Little Bill) es el déspota y sádico representante de la ley, encargado de patear y humillar a Bob el Inglés y descubrir la farsa, hasta dejarlo por los suelos y expulsarlo del pueblo.

Otro aspecto novedoso que ofrece Eastwood dentro de sus westerns es la violencia en su justa medida. En otras películas como El Fuera de la Ley, Infierno de Cobardes y, sobre todo, en los spaguettis con Sergio Leone, la muerte era casi un fin en sí mismo. Sin embargo, en Sin Perdón, son contadas las escenas de violencia, hasta tal punto que reserva casi toda la pólvora para el estallido final. 
De este modo, Eastwood concluye brillantemente su relación con el western, desmontando el mito que a lo largo de su carrera concibió, firmando una obra cumbre del género capaz de finiquitar una corriente, un estilo, para sepultarlo de por vida o, quizás, abrir una nueva vía, como ya hiciera John Ford con El Hombre que Mató a Liberty Valance.

Clint Eastwood es William Munny
Morgan Freeman es Ned Logan
Gene Hackman es Little Bill
Richard Harris es Bob el Inglés
Jaimz Woolvett es Scofield Kid


viernes, 9 de marzo de 2012

James Coburn, muerde la bala

En un gran número de westerns solía aparecer un actor inconfundible por su carisma,  desgarbado y con una mirada especial, a veces cínica pero siempre inteligente, común a esos actores cuyo magnetismo era capaz de transmitir la atracción necesaria para meter al espectador en el bolsillo, de esas miradas que por sí mismas te permiten saber que estás ante un grande sin necesidad de recitar textos de Shakespeare. Mirada de genio. Ese era James Coburn, conocido no sólo por sus westerns, también por sus colaboraciones con Sam Peckimpah y otras películas bélicas y de acción.

Sus inicios coincidieron con su etapa más gloriosa, empezando con el remake del film de Kurosawa Los 7 Magníficos (1960, John Sturges), en la que interpretaba a un mercenario cuya maestría con el cuchillo quedó más que patente en un par de escenas memorables. Tres años después, repitió con John Sturges, Steve McQueen y Charles Bronson en La Gran Evasión, esta vez el desierto mexicano daba paso a un campo de concentración nazi, donde protagonizó una de las huidas más míticas de la historia del cine. En 1964, regresa al oeste para acompañar a Charlton Heston y Richard Harris en Mayor Dundee, película que sería su primer trabajo con Sam Peckimpah.

En la década de los setenta viaja a Italia para rodar un par de spaguetti westerns, uno de ellos de la mano de Sergio Leone, Agáchate Maldito (1971), y vuelve a ponerse a las órdenes del tío Sam en dos ocasiones. La primera sería en un nuevo western, Pat Garrett y Billy the Kid (1973), donde dejó para el recuerdo su interpretación del sheriff Garrett. La segunda y última fue La Cruz de Hierro (1977), un interesante y peculiar acercamiento al ejército nazi, en el que encarna a un soldado alemán que se enfrenta a su superior, un megalómano general, de la vieja escuela prusiana, fascinado por el honor y las condecoraciones en batalla, que fue brillantemente interpretado por Maximilian Schell.

Como suele ocurrir, los ochenta y noventa no le sentaron nada bien, con la excepción de una joya dirigida por Paul Schrader en 1997, Aflicción, protagonizada por Nick Nolte, y en la que Coburn interpretaba a un padre maltratador y alcohólico, cuyos actos condicionaron para siempre la actitud de su hijo. Esta no fue su última interpretación antes de fallecer, parece mentira, en 2002, pero si la más destacable de esta etapa final y una buena manera de decir adiós.

Cuatro grandes, de izq. a dcha.: Coburn, Sturges, McQueen y Bronson
James Coburn, algo más madurito

martes, 23 de agosto de 2011

Stewart y Mann: en las fronteras del Far West

James Stewart (izq) y Anthony Mann (centro)
¡Hoooooola cinéfilos! Siento haberme ausentado tanto, el deber y mi escasa disciplina han sido los culpables del abandono temporal del blog. Cosas de la voluntad. Y la pereza. Mea culpa.

Pronunciadas las disculpas, hoy quería  poner en el lugar que corresponde a uno de mis actores favoritos, un clásico que brilló a la luz de Hitchcock, Preminger, Ford y tantos otros genios. No es otro que James Stewart, concretamente en ese matrimonio profesional con Anthony Mann que tantos buenos frutos dio a un género por entonces en pleno apogeo: el western. 
Todo gran director que se precie contaba con su propia musa en la que plasmar sus ideas y, a su vez, en ese juego recíproco de la creatividad, servirse de ella como fuente inagotable de inspiración. De esta manera, hemos disfrutado de productivas parejas del celuloide como Scorsese y De Niro, Burton y Deep, Kurosawa y Mifune, Wilder y Lemon... 
James Stewart y Anthony Mann trabajaron codo con codo en 5 películas entre 1950 y 1955. La primera manifestación de esta colaboración fue Winchester 73, quizás la más célebre de todas. En ella la trama gira en torno al famoso rifle de repetición. Lin McAdam (Stewart) irá tras la pista del rifle que ganó justamente en un concurso, pero que su propio hermano, Dutch Henry Brown, le arrebata para pasar por diferentes dueños a lo largo del film. Esta búsqueda le servirá no sólo para recuperar el winchester, también para vengar el asesinato de su padre, muerto a manos de su propio hermano.
Esta labor conjunta se consolidaría con Horizontes Lejanos (1952), la ancestral historia de la búsqueda de redención huyendo del pasado hacia una nueva vida en la que, lógicamente, los fantasmas reaparecerán. Después vendría Colorado Jim (1953) para retomar el tema de la venganza de Winchester 73 desde otra perspectiva, esta vez alimentada por la codicia, otorgando al personaje de Stewart una conducta injustificada moralmente. Un año después, se estrenó su cuarta colaboración, Tierras Lejanas. Mann incide en la misma temática: venganza, codicia, huida de un pasado oscuro... pero esta vez a través de unos personajes más ricos en matices, en los que lo bueno y lo malo no resulta tan evidente como en las anteriores. Este magnífico tándem pondría su broche final con El Hombre de Laramie (1955), donde el pasado vuelve a jugar un papel crucial que determina la motivación de Will Lockhart (Stewart): encontrar a los comerciantes que vendieron armas a los indios que mataron a su hermano. La producción de ambos pudo verse ampliada en 1957 con la película La Última Bala. Desgraciadamente, Mann se desinteresó pronto del proyecto, pues consideró que era un guión demasiado mediocre y fue sustituido por un director de menor categoría, James Neilson.

domingo, 2 de enero de 2011

Incidente en Ox-Bow

Hace unos días vi Incidente en Ox-Bow (1943), dirigida por William A. Wellman,  una película de esas que te dejan pensativo y con mal cuerpo, sabiendo que acabas de ver un peliculón pero que aquello que cuenta no puede ser más duro y cierto. En un pueblo perdido del Oeste americano, llega la noticia de que un ranchero vecino del mismo ha sido asesinado por unos salteadores. El sheriff no se encuentra en el pueblo para impartir justicia, por lo que se forma una patrulla integrada por varios vecinos para buscar a los asesinos. Una vez les dan alcance, la patrulla mantiene una fuerte división de opiniones, pues los tres apresados (Dana Andrews, Anthony Quinn y Francis Ford, hermano del director John Ford) muestran claros síntomas de inocencia. La película de Wellman realiza una profunda reflexión sobre las masas, cuando inconscientemente se toman la justicia por su mano y los peligros que conlleva, es decir, la facilidad con la que nos podemos dejar llevar cualquiera por un mero indicio o un análisis sesgado, sin haber pensado antes en el daño que podemos provocar, es más, escudándonos en el grupo y sin importarnos lo más mínimo estar en lo cierto o no, ya que me ampara que la decisión es conjunta, no personal, y nos creemos a salvo de responsabilidades.

En cierto modo, me recordó a otra película que vi hace mucho tiempo, la maravillosa Furia (1936), de Fritz Lang, en la que, esta vez, era Spencer Tracy el centro de las iras del populacho. También se pueden ver ciertas similitudes en esta historia con Doce hombres sin piedad (1957), incluso el bueno de Fonda comparte su posición en ambas películas, basándose en la presunción de inocencia de los acusados hasta que no se demuestre lo contrario.
Sin embargo, lo que más caracteriza a Incidente en Ox-Bow es su facilidad para hacerte sentir, al igual que el personaje de Henry Fonda, un espectador impotente ante un juicio sin ley ni justicia, en el que impera la ligereza en la toma de decisiones y el rigor en aplicarlas, por lo que, en ese sentido, podríamos estar ante un evidente alegato de la ley y el orden, claramente ajeno a la anarquía y a tomarse la justicia por su mano. 
Y ya por último, decir que es una lección de como contar una historia en tan sólo ¡Una hora y cuarto!, que más de un director debería repasar y no hacer peñazos de casi tres horas, que no digo que no las haya buenas, pero si vas a hacer una castaña...lo mejor es ser breve.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La Conquista del Oeste

Contar la historia de los Estados Unidos a lo largo del siglo XIX en tan sólo dos horas y media fue la ambiciosa pretensión de los productores de la Metro con este film, La Conquista del Oeste (1962). Un aparatoso proyecto en el que no escatimaron en gastos y esfuerzos: un enorme reparto con las mejores estrellas de Hollywood, como James Stewart, Gregory Peck o George Peppard, suntuosos decorados, vestuario de lujo y las más bellas postales del paisaje norteamericano, es decir, las grandes praderas, el río Ohio, el Missisippi, los desiertos, la cordillera de los Apalaches... Para tal fin, contaron con un nuevo método para rodar con tres cámaras simultáneas, el Cinerama, con el que buscaban sacar mayor partido a los espectaculares paisajes.
El intento de dotar de una columna vertebral a esta película de tan grandes dimensiones se basaba en el paso de varias generaciones de una misma familia y en su presencia en los acontecimientos más relevantes del siglo. Los personajes y sus propias circunstancias poco importan, apenas se encuentran definidos, siendo imprecisos y poco profundos, con muchas prisas para la próxima aparición de la estrella de turno que, como Henry Fonda, John Wayne o Lee van Cleef, pasan sin pena ni gloria, pues son meras excusas para mostrarnos un verdadero compendio de tópicos del Far West : los pioneros y primeros colonos, la fiebre del oro, la llegada del ferrocarril y el telégrafo, las manadas de bisontes, los grandes ríos, la Guerra Civil, las Guerras Indias... en lo que pretende ser la verdadera historia de los Estados Unidos o, incluso, el mejor western de la historia, quedándose en un resultado atropellado a pesar de su duración, al pasar de puntillas por muchas temas sin pisar ninguno (véase la parte de la Guerra Civil, rodada por John Ford), y quedando una sensación de hastío ante tanto exceso que no conduce a mucho.
A pesar de ello, tiene alguna que otra escena que merece la pena, como la de los rápidos y las balsas de los pioneros o la de la estampida de los bisontes, y de la música, compuesta por Alfred Newman, poco que decir, sobretodo por el tema principal. Me limitaré a poner el enlace, que tal vez no se vea muy bien, pero el sonido es excelente.

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