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jueves, 22 de mayo de 2014

Tras los pasos de David Lean

Antes de morir de cáncer, Anthony Minghella nos brindó la posibilidad de disfrutar de tres películas que son joyas dentro del cine moderno: El paciente inglés, Cold mountain y El talento de Mr. Ripley. Director privilegiado, con un olfato infalible a la hora de elegir y adaptar novelas, pues los tres guiones llevan su firma, Minghella era un creador a la antigua usanza, un clásico, no en un sentido peyorativo de una manera añeja, nostálgica o desfasada de hacer cine, sino un narrador de historias a lo grande, con pretensiones de pasar a la posteridad, cine enmarcado en grandes acontecimientos históricos pero que son sólo eso, un marco, pues lo importante, y es lo que hace extraordinario a Minghella, es poner el punto de mira en el ser humano, en la observación introspectiva de los personajes, dejando patente que no era sólo un director de cine, sino un profundo conocedor de las relaciones humanas, un hombre complejo y sensible al dolor del alma, mucho más doloroso que el daño físico, lo que le convierte en un alumno aventajado de quien fue el verdadero maestro de esta manera de hacer cine, David Lean. Huelga decir que el cine de Anthony Minghella se defiende sólo, sin etiquetarlo de "heredero" o "discípulo". Pero sí que es cierto, y me resulta interesante subrayar por excepcional, esa relación que hay entre El paciente inglés y Cold mountain con todo el cine de David Lean posterior a El puente sobre el río Kwai.


Nadadores en el desierto

Lázsló de Almásy (Ralph Fiennes) descubrió la cueva de los nadadores. Una cueva en mitad del desierto y a cientos de kilómetros del mar, con unas pinturas rupestres que reflejan a unas figuras humanas nadando. El amor entre Lázsló y Katherine Clifton (Kristin Scott-Thomas) era como nadar en el desierto. Un imposible, una batalla perdida de antemano.
Conocido como El paciente inglés (1996), Almásy cuenta a su enfermera (Juliette Binoche) el recorrido vital que le llevó a quedar postrado en la cama y herido de muerte por las quemaduras. Más que el daño por las heridas, su sufrimiento está en ese doloroso pasado que se quedó en la cueva, en el amor perdido a pesar de mover ríos y montañas. Minghella nos habla de los remordimientos, de la desesperanza, de esa gran losa que supone un pasado trágico. Habla de ese dolor en carne viva que no busca consolarse en el destino como la explicación, habla del dolor que busca en la muerte la redención, del presente en el que la vida ha dejado de tener sentido, y ya no queda otra que mirar al más allá para buscar la paz interior. Y quién sabe si junto al ser querido.

Vida y muerte en Venecia

Italia, años 50. Minghella retrata un país que renace tras la guerra: alegre, sosegado, orgulloso de su pasado, de sus edificios, de sus tradiciones, pero sin dejar de mirar al futuro, a lo foráneo, al jazz y al dinero americano. Es el escenario de  El Talento de Mr. Ripley (1999) y en el que desembarca el protagonista homónimo (Matt Damon), un país ambivalente al igual que Ripley, un hombre con vidas paralelas, de dudosas intenciones, pero con una increíble habilidad para hacerse pasar por otras personas, y con la que se gana la confianza del playboy Dickie Greenleaf (Jude Law). A veces torpe, tímido y con un toque nerd, contrasta con su desmesurada ambición por vivir a costa de los demás. Una doble vida oculta que provocará situaciones de lo más kafkianas, dejando un poso de confusión y aturdimiento, no ya a sus más allegados, como la novia de Dickie, Marge Sherwood (Gwyneth Paltrow), sino también al espectador, que pierde su empatía entre la desazón de Marge o la irresistible ambigüedad de Ripley.

"Ella es al lugar que voy...y casi no la conozco"

Con Cold Mountain (2003), Minghella camina sobre la misma línea marcada por El paciente inglés, una historia entre la grandilocuencia bélica y el intimismo apasionado. Y para ello qué mejor manera que beber directamente del origen, de los clásicos griegos, adaptar La Odisea. Inman (Jude Law) debe partir de Cold Mountain hacia la guerra, una guerra que obliga a aplazar proyectos. Un paréntesis en la vida, y también un final para muchos. Atrás queda Ada Monroe (Nicole Kidman), la persona que podría haber transformado su vida rural, monótona y sin sobresaltos. Mientras él sobrevive en una trinchera atrapado como una rata, ella se enfrenta al miedo y la soledad del que espera sin ver nada en el horizonte, escondiéndose de pretendientes que le presionan e intimidan para sacar tajada. Una historia, como vemos, muy antigua, recurrente por exitosa y por ser el paradigma de epopeya heroica que sirve de base a toda la literatura occidental y, por extensión, al cine. Una adaptación que Minghella aborda con su estilo singular, sin llegar al mismo nivel que consiguió con El paciente inglés pero contando con una narración sólida y rematando la faena con brillantez.

El paciente inglés


El talento de Mr. Ripley
Cold Mountain

sábado, 8 de diciembre de 2012

Lars von Trier

O la soledad del paria

Esperpéntico, ególatra, pretencioso, misógino, altivo, revolucionario, provocador, fraude absoluto, genio absoluto...Probablemente nada de ello, y posiblemente todo ello y más.
Lars von Trier es un director ensimismado con su creación, de cuyas palabras no puede deducirse nada medianamente lógico, especialmente si tiene el día juguetón. Es por esto que tanto detractores como defensores se mueven también entre el castigo extremo y la alabanza desproporcionada. La única forma de disfrutar sin reservas de la obra de un autor esencial como el danés es abstraerse de ese personaje caprichoso e infantiloide que se ha reservado para sí mismo. Aun siendo tremendamente - sospecho que también intencionadamente - contradictorio en sus declaraciones, su cine deja entrever una cierta continuidad en lo narrativo, no así en lo formal, que nos permite acercarnos mejor al conjunto de su obra.

La filmografía de Von Trier se puede articular - a grandes rasgos - en torno a tres trilogías y una depresión. La primera de ellas es la trilogía sobre Europa - El elemento del crimen (1984), Epidemic (1987) y Europa (1991) - en la que el joven director da muestras de un profundo afán de experimentación. Destaca ésta última, un original retrato de la Europa de posguerra en la que resulta fascinante su dominio sobre los elementos que le ofrece el medio cinematográfico.
Desde el cine de sus primeros momentos ya se adivinan varias de las constantes del danés a lo largo de su carrera. La pretensión de controlar tanto la obra como lo que ésta transmite, una profunda necesidad de reinvención narrativa - y por encima de todo, formal - y un enorme pesimismo hacia el ser humano.
La segunda de sus trilogías - "Corazon dorado" - marca un antes y un después en su madurez como realizador. Se inicia tras la aparición de "Dogma 95", movimiento vanguardista que terminará quedando en agua de borrajas más por el incumplimiento de sus propios creadores que por su validez intelectual. Resulta más una pose que una verdadera declaración de intenciones. Con la estupenda Rompiendo las olas (1996), se produce una especie de ensayo de este nuevo tipo de cine que se verá reflejado de manera más rigurosa en Los idiotas (1998) y quedará reducido a cenizas con Bailar en la oscuridad (2000) donde Von Trier vuelve a reinventarse con una particular visión del género musical sirviendo como marco para un drama verdaderamente magistral que le valió la Palma de Oro en el Festival de Cannes.
En todas ellas, el director nos muestra una naturaleza humana hipócrita, despiadada y movida por el interés. Un desierto falto de empatía en el que, excepcionalmente, florecen seres llenos de honestidad que a pesar de su derrota social, alcanzan una victoria moral absoluta. Sus heroínas abundan en un martirismo de ecos dreyerianos llevado al exceso, en el que algunos han querido ver una misoginia casi patológica.
La condena del director danés a la sociedad actual es una condena sin paliativos. Rodea a sus heroínas de personas tan válidas y sensibles, como cobardes y débiles. Son una representación de la falta de esperanza y compromiso que transmite aquél que puede y no quiere. El danés le reconoce a la humanidad la capacidad pero le niega la voluntad. Esa interpretación maniquea de la conducta humana le lleva, a menudo, a forzar el comportamiento de sus personajes para resaltar sus miserias.

En este punto se inicia su trilogía sobre los Estados Unidos - "América, tierra de oportunidades" - que cuenta únicamente con dos cintas hasta la fecha - la tercera ni está, ni se la espera - porque Lars, amigos, es así de especial. Personalmente no me interesa demasiado si el director pretende dar una visión peyorativa sobre un país que ni siquiera ha pisado. Tampoco si Von Trier decidió iniciar una cruzada contra el Imperio, pero lo que si es cierto es que el resultado en su primera entrega - Dogville (2003) - es sobresaliente.
Y es sobresaliente porque la obra trasciende su intención inicial y deriva en un relato universal sobre el comportamiento humano en el que las Montañas Rocosas terminan por convertirse en una mera anécdota para dejar paso a lo esencial. Con una puesta en escena teatral y una narración de tono fabulístico, el "paria" se toma la revancha. Los últimos treinta minutos de Dogville tocan el cielo.
Su segunda y celebrada entrega - Manderlay (2005) - pierde, en mi opinión, el peso de la primera, resulta más irregular y deja menos poso a pesar de ser una propuesta interesante.
Y es entonces cuando llega el nubarrón, el danés cae en una profunda depresión después de rodar la interesante comedia El jefe de todo esto (2006) y a través de la bruma, emerge con un monstruo llamado Anticristo (2009), de una pulcritud visual insólita en su obra precedente, con momentos soberbios que terminan naufragando en un mar de referencias y simbolismos. Aquí el exceso se desata y termina por remover más estómagos que conciencias. 
Su última película - Melancolía (2011) - es seguramente su película menos personal en cuanto al riesgo de la propuesta, pero viene a constatar que el director danés no es un sabueso creativo de pega, sino un hiperactivo buscador de nuevas vías. Melancolía continúa la estela formal de Anticristo, la mejora y la lleva al terreno de la lírica con resultados más que notables. 

Lars von Trier ha demostrado ser, por todo ello, un director de sobrado talento con una personalidad desbordante y un estilo inquieto. Establece las premisas y modela las historias a su antojo para poder transmitir aquello que tiene en mente, sin importar demasiado el medio.
Es un tramposo genial. Pero, al fin y al cabo, todo discurso conlleva un argumento y todo argumento contiene una trampa.

Y Lars, hoy por hoy, es el rey del discurso.

Lars von Trier en el Festival de Cannes


domingo, 22 de julio de 2012

John Huston

Pocos directores, a bote pronto sólo se me ocurriría Sidney Lumet, han debutado con una película de la categoría de El Halcón Maltes (1941), iniciando así una carrera tan brillante como irregular, frenada temporalmente durante los años de la II Guerra Mundial y que se extendió a lo largo de más de cuarenta años con casi cincuenta títulos, sin contar sus innumerables intervenciones como intérprete. La película supuso la tercera adaptación de la novela homónima de Dashiell Hammett y contó con Humphrey Bogart en el papel del detective Sam Spade. El Halcón Maltés inauguró una estrecha colaboración entre ambos que se materializó en cinco películas, y pronto se convirtió en uno de los iconos del cine negro, siendo considerada como una de las pioneras del género, casi nada para una opera prima.

La Jungla de Asfalto (1950) fue otra de sus películas que evidenció la maestría de Huston detrás de la cámara y su soltura dentro de un género que ya había dejado atrás su etapa de plenitud. Sólo la pericia de un director de su talla pudo exprimir al máximo la novela W.R. Burnett y lanzarla a la categoría de obra maestra, una película que podría ser la definitiva del género, aunque posteriormente se hicieran más y muy buenas, del mismo modo que El Hombre que Mató a Liberty Valance (1962, John Ford) supuso el broche final para el western.

También significó un punto de inflexión en su filmografía Vidas Rebeldes (1961), una historia cargada de nostalgia en la que cuatro almas solitarias buscan y ansían aquello que de sentido a su amarga existencia. El hecho de que fuera el último trabajo de Clark Gable y Marilyn Monroe y que tuvieran en común una vida marcada por el tormento y la tragedia dio a la película una dimensión que, a día de hoy, hace que esa melancolía que transmite en cada fotograma se mantenga todavía latente.

No obstante, Huston fue de esos directores a los que le gustaba tocar todo tipo de género y, además, casi siempre con éxito. Uno de ellos fue el de aventuras, cuya película más importante sería, sin duda, El Hombre que Pudo Reinar (1975), en la que reunió a Sean Connery, Michael Caine y Christopher Plummer para protagonizar una historia escrita por Rudyard Kipling, la odisea vivida por dos farsantes en el antiguo reino de Kafiristán, una película que recoge como ninguna el alma aventurera y viajera atesorada en los textos del escritor británico.

Este podría ser perfectamente el último gran título de Huston, representativo de una inspiración exclusiva de los más grandes directores, a pesar de intercalar en ocasiones otros  films de menor entidad, como Evasión o Victoria (1981) , La Biblia (1966) o Los que No Perdonan (1960).


Otros títulos destacables de su filmografía:

El Tesoro de Sierra Madre (1948)
Cayo Largo (1948)
La Reina de África (1951)
Moby Dick (1956)
Freud, Pasión Secreta (1962)
La Noche de la Iguana (1964)
Reflejos en un Ojo Dorado (1967)
El Juez de la Horca (1972)
El Honor de los Prizzi (1985)
Dublineses (1987)

Con K. Hepburn y H. Bogart en el rodaje de La Reina de África

De izq. a dcha. Huston, Roberto Rosellini y Peter Lorre, 1954

Con su hija, la actriz Angélica Huston, 1977

José Ferrer, John Huston  y Gregory Peck en el set de Moby Dick

Paul Newman y John Huston en El Juez de la Horca

Dennis Hopper, John Ford y John Huston, 1971

John Huston y Marlon Brando en Reflejos de un Ojo Dorado

martes, 23 de agosto de 2011

Stewart y Mann: en las fronteras del Far West

James Stewart (izq) y Anthony Mann (centro)
¡Hoooooola cinéfilos! Siento haberme ausentado tanto, el deber y mi escasa disciplina han sido los culpables del abandono temporal del blog. Cosas de la voluntad. Y la pereza. Mea culpa.

Pronunciadas las disculpas, hoy quería  poner en el lugar que corresponde a uno de mis actores favoritos, un clásico que brilló a la luz de Hitchcock, Preminger, Ford y tantos otros genios. No es otro que James Stewart, concretamente en ese matrimonio profesional con Anthony Mann que tantos buenos frutos dio a un género por entonces en pleno apogeo: el western. 
Todo gran director que se precie contaba con su propia musa en la que plasmar sus ideas y, a su vez, en ese juego recíproco de la creatividad, servirse de ella como fuente inagotable de inspiración. De esta manera, hemos disfrutado de productivas parejas del celuloide como Scorsese y De Niro, Burton y Deep, Kurosawa y Mifune, Wilder y Lemon... 
James Stewart y Anthony Mann trabajaron codo con codo en 5 películas entre 1950 y 1955. La primera manifestación de esta colaboración fue Winchester 73, quizás la más célebre de todas. En ella la trama gira en torno al famoso rifle de repetición. Lin McAdam (Stewart) irá tras la pista del rifle que ganó justamente en un concurso, pero que su propio hermano, Dutch Henry Brown, le arrebata para pasar por diferentes dueños a lo largo del film. Esta búsqueda le servirá no sólo para recuperar el winchester, también para vengar el asesinato de su padre, muerto a manos de su propio hermano.
Esta labor conjunta se consolidaría con Horizontes Lejanos (1952), la ancestral historia de la búsqueda de redención huyendo del pasado hacia una nueva vida en la que, lógicamente, los fantasmas reaparecerán. Después vendría Colorado Jim (1953) para retomar el tema de la venganza de Winchester 73 desde otra perspectiva, esta vez alimentada por la codicia, otorgando al personaje de Stewart una conducta injustificada moralmente. Un año después, se estrenó su cuarta colaboración, Tierras Lejanas. Mann incide en la misma temática: venganza, codicia, huida de un pasado oscuro... pero esta vez a través de unos personajes más ricos en matices, en los que lo bueno y lo malo no resulta tan evidente como en las anteriores. Este magnífico tándem pondría su broche final con El Hombre de Laramie (1955), donde el pasado vuelve a jugar un papel crucial que determina la motivación de Will Lockhart (Stewart): encontrar a los comerciantes que vendieron armas a los indios que mataron a su hermano. La producción de ambos pudo verse ampliada en 1957 con la película La Última Bala. Desgraciadamente, Mann se desinteresó pronto del proyecto, pues consideró que era un guión demasiado mediocre y fue sustituido por un director de menor categoría, James Neilson.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Jean Jacques Annaud


La famosa frase de Hitchcock que decía "Nunca trabajes ni con niños, ni con animales ni con Charles Laughton" no creo que le resultara familiar a Jean-Jacques Annaud. Más que por los niños o por el propio Laughton, con los que no  ha rodado nunca, por los animales, ya que en dos de sus doce películas,  El oso (1988) y Dos hermanos (2004), el hombre cedía su habitual protagonismo a la fauna salvaje para ser casi una comparsa. Sin embargo, sus trabajos más destacados son otros, nada que ver con estos productos de consumo familiar, dicho sea sin ofender, ya que son bastante meritorias y no dejan de tener escenas mágníficas en las que a menudo te preguntas: ¿Cómo narices ha conseguido que el animal haga eso? ¿Y cuantas tomas rodó? Pero como iba diciendo, sus éxitos son otros films, tres en concreto.

El primero de ellos fue En busca del fuego (1981), una de las mejores recreaciones de la prehistoria hasta la fecha y que disfruta de gran reconocimiento, no sólo por sus valores cinematográficos, sino por sus pretensiones anotropológicas. Evidentemente, siempre será mejor consultar un manual de Paleolítico si lo que se busca es rigor histórico pero, sin duda, las aportaciones de Desmond Morris y Anthony Burgess en la creación de un idioma para la tribu de neandertales le concedían altas cotas de credibilidad, que además salvaba con creces el hándicap de hacer una película sin diálogos comprensibles para el espectador.

El segundo de sus logros sería adaptar la novela de Umberto Eco El nombre de la rosa (1986), una trama policiaca en la que el dúo protagonista, Fray Guillermo de Baskerville (Sean Connery) y Adso de Melk (Christian Slater), al modo de un tándem Sherlock-Watson del medievo, investigan una serie de asesinatos en una abadía benedictina del norte de Italia. Las limitaciones que ofrece el cine respecto a la literatura, obligaron a Annaud a desprenderse de la fuerte carga filosófica que enriquecía a la novela para quedarse con la historia de intriga, decisión que, por otro lado, resultó ser un completo acierto, dada la dificultad de hacer una adaptación tan minuciosa.

El último en discordia sería el film bélico Enemigo a las puertas (2001). En él, Annaud dirige un excelente duelo entre un pastor de los Urales, Vasily Zaitsev (Jude Law), y un aristócrata prusiano, el mayor König (Ed Harris), que se sirve de la batalla de Stalingrado para enmarcar su desarrollo y ofrece, además del duelo, una magnífica puesta en escena de la contienda, desde la lucha encarnizada por las calles de la ciudad hasta  el cruce de las tropas rusas por el Volga.


Filmografía Selecta

La Victoria en Chantant (1976)
En Busca del Fuego (1981)
El Nombre de la Rosa (1986) 
El Oso (1988)
Siete Años en el Tíbet (1997)
Enemigo a las Puertas (2001)
Dos Hermanos (2004)
Oro Negro (2011)

Nameer El-Kadi, Everett McGill y Ron Perlman en En Busca del Fuego
Sean Connery y F. Murray Abraham en El Nombre de la Rosa
Brad Pitt en Siete Años en el Tíbet
Jude Law en Enemigo a las Puertas

lunes, 20 de diciembre de 2010

Raoul Walsh

Con aires casi aristocráticos y elegante porte, Walsh derrochaba estilo con la clase que le conferían sus accesorios: bastón, pañuelo en el pecho, bigotillo y, sobre todo, un parche negro en el ojo, que delataba la importancia que le daba  a una más que cuidada imagen, pues no era tuerto, siendo uno de los míticos directores que llevaban parche sin serlo, como André de Toth (el único que sí lo era), John Ford o Fritz Lang, al que también le dio por ponerse monóculo. 
Desde que se puso manos a la obra con el cine mudo, Walsh  mostró su inigualable calidad tras las cámaras, primero siendo habitual colaborador en las películas de D.W. Griffith, y años más tardes tomando personalmente el mando en obras como El ladrón de Bagdad (1924), una adaptación personal de los relatos de Las mil y una noches y Los amantes de Carmen (1927), con Victor McLaglen haciendo de torero. Estas películas fueron tan sólo un anticipo de lo que después vendría con la llegada del cine sonoro, dándose a conocer como un director de género, pero del género que le diera la gana, ya fuera western, bélico, drama, cine negro... cualquiera de estos campos dominaba con inusitada soltura, sacándose de la chistera verdaderas obras maestras y haciendo olvidar  de un plumazo el adjetivo de artesano, utilizado tan a menudo para menospreciar a algunos directores. 
En cuanto al cine de aventuras, realizó dos películas ambientadas en el mar protagonizadas por Gregory Peck, El hidalgo de los mares (1951) y El mundo en sus manos (1952), esta última con un humor un tanto ingenuo y simple que se hace hasta incómodo, pero buena película al fin y al cabo, y con un Anthony Quinn maravilloso haciendo de El Portugués. 
Con Errol Flynn, uno de sus actores fetiche,  hizo un buen puñado de películas y ninguna mala. Desde la biografía del boxeador James J. Corbett en Gentleman Jim (1942) hasta Objetivo: Birmania (1945), en la que acorralaba a Flynn en una jungla atestada de japoneses, pasando por otro film bélico como Jornada Desesperada (1942) y, para mi gusto, la mejor película de ambos: Murieron con las botas puestas (1941), en la que se realiza un tratamiento romántico de la figura del general Custer, un héroe para algunos y un loco asesino para otros. 
También supo moverse con excelencia en el cine negro, retratando la imagen de los más ambiciosos gángsters durante la época de La Ley Seca, como el interpretado por James Cagney en Los violentos años veinte (1939) y, retomando la misma senda diez años después en Al rojo vivo, de nuevo con un Cagney, si cabe, más visceral y agresivo.  
Imagino que alguna película mala tendrá dentro una filmografía de más de cien películas, sin embargo, he tenido la buena suerte de no tropezarme con ninguna. No estaría muy sano si me las hubiera visto todas, pero de las siete u ocho que sí vi, puedo decir que la peor que he visto era entretenida y, si algún día me encuentro con algún pestiño con su firma, dudo mucho que desluzca una filmografía al alcance de pocos.  

jueves, 2 de diciembre de 2010

John Boorman

De izq. a dcha., Marvin, Boorman y Mifune.
El director británico John Boorman, realizó su particular debut con la película policiaca A Quemarropa (1967), un thriller protagonizado por   Lee Marvin, un tipo duro bien curtidito en estas lides, en el que se entremezclan acción, erotismo y violencia, características que, por otra parte, se darían con frecuencia a lo largo de su filmografía. 
Su segunda colaboración con Marvin, Infierno en el pacífico (1968), sirvió para enfrentar, en un excelente duelo interpretativo, a éste con Toshiro Mifune, dos soldados, uno norteamericano y otro japonés que, tras un combate naval durante la Segunda Guerra Mundial, naufragan en una isla desierta, obligándoles a una dura y violenta convivencia entre enemigos irreconciliables.
Con Deliverance (1972) firmó su cuarto trabajo, una cruda fábula ecologista en la que exponía a un sorprendente Burt Reynolds y a un jovencito "padrísimo" de la Jolie, Jon Voight, a los peligros más salvajes de la  naturaleza, haciéndoles añorar las comodidades de la civilización.
En 1981 estrenó su versión sobre las leyendas artúricas, Excalibur, para sus seguidores la película más fiel y de mayor calidad sobre la Materia de Bretaña hecha hasta la fecha, sin embargo, pienso que ha envejecido mal, con una estética ochentera a la que no ayuda una fotografía algo neblinosa, un vestuario repleto de armaduras relucientes y algunos personajes poco acertados, como Merlín, más cercano a Tino Casal que a la figura típica de un druida celta del siglo VI.
Unos años más tarde, volvió a sorprender con El General (1998), que narra la historia de Martin Cahill, un mafioso irlandés bien interpretado por Brendan Gleeson, quién se enriqueció y se estuvo riendo del gobierno y del IRA durante la década de los ochenta.
A día de hoy, son dieciséis las películas firmadas bajo su nombre, un director que destaca por sacar partido de ideas aparentemente simples, películas en las que una mera sinopsis quizás no nos diga nada,  pero que acaban convirtiéndose en productos de buena factura con un sello muy personal, aderezados, a veces, con ciertas dosis de violencia y que, a pesar de algún que otro traspiés, intentará sacar a relucir su talento en su próximo proyecto, la adaptación de la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano.

jueves, 28 de octubre de 2010

Jim Sheridan

Jim Sheridan (izq) y Daniel Day Lewis, en el rodaje de "En el nombre del padre"
El prestigio del director dublinés Jim Sheridan es debido a una escasa filmografía, pero de una calidad indiscutible, que inició allá por 1989 con la película Mi pie izquierdo. En ella contaba la vida de un conocido pintor que padecía una parálisis cerebral por la cual sólo podía utilizar, como el nombre de la película indica, su pie izquierdo. El papel cayó en manos de Daniel Day-Lewis, con el que formó un tándem magistral plasmado en dos películas más: En el nombre del padre (1993) y The Boxer (1997).

Estas dos películas coinciden en un mismo contexto, una Irlanda en la que el IRA campa a sus anchas y se encuentra más poderoso. En la primera,  Day Lewis interpreta a Gerry Conlon, uno de los "Cuatro de Guildford", condenados injustamente a más de quince años de cárcel por un atentado en el que murieron cinco personas. En The Boxer, esta vez el personaje principal, de nombre "Danny Boy" Flynn, es un antiguo miembro del IRA que, tras cumplir una condena, intenta por todos los medios rehacer su vida al margen de cualquier actividad delictiva y abriendo una escuela de boxeo.

Por norma general, su cine aborda una temática social exenta de cualquier tipo de intentos de manipulación hacia el espectador, como podríamos ver en otras películas semejantes, como El viento que agita la cebada (2006), de Ken Loach, mostrando hechos contrastados y sin caer en maniqueísmos baratos que , malintencionadamente, pretenden posicionarnos de un lado en concreto. 
Dentro de ese cine social, Sheridan añade a su filmografía la cuestión de la inmigracion en el drama En América (2002) y las disputas del campo entre propietario y arrendatario en la ya mencionada en otra entrada El Prado (1990).

De esta manera, cierra un círculo de películas que podrían ser consideradas como el máximo exponente, junto con la filmografía de Loach, del cine británico de los 90, para después dar el salto a Hollywood, donde ha realizado dos films que, según la crítica especializada, bajan el listón considerablemente.

Richard Harris y Sean Bean en El Prado (1990)
Daniel Day-Lewis y Pete Postlethwaite en En el nombre del Padre (1993)
Daniel Day-Lweis y Emily Watson en The Boxer (1997)
Daniel Day-Lewis y Ruth McCabe en Mi Pie Izquierdo (1989)
Paddy Considine y Samantha Morton en En América (2002)

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