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lunes, 7 de enero de 2013

Bandas Sonoras: Memorias de África

Siempre me ha impresionado la capacidad que tiene la música para transmitir sensaciones sin necesidad de palabras o gestos. A menudo se nos olvida que el de los sentimientos no es un campo reservado para la pluma, la voz o la imagen. Ya estaban ahí antes de que alguien pudiera describirlos y ya eran evocados con melodías mucho antes de que alguien ideara un código para poder expresarlos. 
En el mundo del cine todos esos canales de transmisión se fusionan para, de vez en cuando, legarnos piezas que cautivan por su equilibrio y armonía. Tal es el caso de Memorias de África (Sydney Pollack, 1985) y de la partitura de John Barry.

"Yo tenía una granja en África a los pies de las colinas de Ngong..."

Tras un breve prólogo que establece las premisas del film, esta memorable frase de boca de Meryl Streep anuncia el comienzo de la música. Con una locomotora en pantalla atravesando la sabana africana a paso ligero, irremediablemente hacia adelante, como el tiempo, el compositor inglés nos transporta al campo de los recuerdos con esa melodía embriagadora que servirá de base para el resto de piezas de la banda sonora. Barry nos guía hacia ese terreno seguro y cálido de la memoria, si no por precisa, si por permanente, omnipresente e inamovible. John Barry nos habla de la felicidad, de su fragilidad y fugacidad, de la melancolía que ello genera. Nos cuenta cómo ésta se nos revela mejor con el paso del tiempo y cómo su posesión y asimilación en el presente se hacen casi imposibles. Esa certeza de haber sido feliz y su conexión atemporal con el recuerdo es más pura pero también más amarga. Eso es la nostalgia, la certeza presente de haber sido feliz en algún lugar del pasado. Y eso es la banda sonora de esta película, no una definición de la nostalgia, sino la propia nostalgia sonando.

La música de Barry te sumerge en ese vasto océano y lo escruta con meticulosidad hasta recovecos que la palabra no alcanza. Asienta la melodía sobre un potente uso de instrumentos de cuerda que ponen los pelos como escarpias, genialmente secundados por piezas de viento que serenan la intensidad y nos traen la calma, a veces para dejarnos reposar, otras como interludio entre tormentas. 

El ganador de 5 Oscars, que se abrió paso en la industria cinematográfica poniéndole música a las películas de James Bond, cuenta con más de 80 partituras para la gran pantalla, algunas tan legendarias como El león en invierno, Bailando con lobos, Cowboy de medianoche o Cotton Club
La obra de un compositor para cine, su éxito y reconocimiento dependen, a menudo, de la calidad del film para el que se conciben. Esa confluencia de materiales de categoría en ambas esferas no es tan común como nos gustaría, pero sirve para separar lo extraordinario de lo aceptable y para encumbrar lo que merece ser encumbrado.
Por delicias como ésta, Barry descansa en el Olimpo de los dioses junto a genios de la talla de Morricone, Bernstein, Jarre, Rota o Tiomkim

He pasado años compartiendo siestas con esta joya. 
Te deja como nuevo, Msabu.

 "Yo tenía una melodía en la cabeza..."



Soundtrack completo

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Bandas Sonoras: Into the Wild

Alaska. Fría e inhóspita. Salvaje. El rincón perdido y más alejado del continente americano. El lugar elegido por Chris McCandless (Emile Hirsch) para encontrarse a sí mismo y alcanzar una vida plena. El lugar elegido para huir de esa sociedad que, según él, le oprime como individuo. El hombre frente a la naturaleza. Y frente a él mismo. Como en un cuento de London. Como en La Hoguera.

La potente voz de Eddie Vedder (Pearl Jam) y los acordes del primer track, Settin Forth, animan y transportan a nuestra imaginación a ese lugar idílico, paradisiaco, un golpe optimista y enérgico en el estómago para afrontar cualquier reto. En No Ceiling, aparecen los fantasmas de la temida soledad. La vida es un cúmulo de decisiones, y este tema habla del miedo a las consecuencias, del viaje iniciático de Alexander Supertramp (alias de McCandless) a lo desconocido, del abandono de una vida encarrilada. Adiós novia, adiós amigos, adiós familia, adiós sociedad. 


I leave here believing more than I had
And there's a reason I'll be, a reason I'll be back

Pero en el tercer track, Far Behind, Vedder vuelve a rugir con toda su fuerza para mostrarnos que los estados de ánimo son como una montaña rusa. Quizás McCandless no sepa cuál ha sido el estimulo para que el deseo aplaste al derrotismo, pero su camino continúa a paso firme y a ritmo del rock de Far Behind, aunque el desaliento esté a la vuelta de la esquina. Tal es así que en Rise profundizamos en ese sentimiento de melancolía del que nos previno No Ceiling, esta vez con un bello contraste entre una sutil mandolina y Vedder en toda su gravedad. 

Imagina cómo fueron los años que Thoreau vivió en el bosque, sin dinero, sin nada que no fuera necesario para la supervivencia, sin lujos. Tan sólo un viejo autobús donde resguardarse del frío y sus manos para tomar lo que la naturaleza le da. Hard Sun es la canción que mejor capta el espíritu libre de McCandless, que mejor habla de su anhelo por tener una vida completa, de abandonar la burbuja para conocer el exterior, la naturaleza, el mundo en su estado más puro y primitivo.

When I walk beside her
I am the better man
When I look to leave her
I always stagger back again

Y Society, la razón por la que toma ese camino. El materialismo, la superficialidad de nuestras vidas. Para McCandless la sociedad está vendida, nuestro mundo no se puede cambiar, ha muerto, es el árbol que nos impide ver el bosque. Para vivir hay que huir. Y vivir en el último reducto virgen donde el hombre no ha pisado para corromperlo.

Society, you're a crazy breed
Hope you're not lonely without me...



Soundtrack completo


martes, 4 de diciembre de 2012

Ry Cooder: El Latido del Sur

Podríamos hablar de folk americano y mencionar a grandes hitos como Neil Young, Fred Neil o John Fahey, pero sería un pecado casi imperdonable que en esta hipotética conversación no saliera a colación el nombre de Ry Cooder, un músico que hizo grandes aportaciones a la música americana, no sólo al folk, también al rock y al blues, desde que debutara con Captain Beefhart y colaborara con Taj Mahal o The Seeds en los años sesenta. Y si además hablamos de la cultura musical estadounidense unida al cine el pecado sería aún mayor.

Sin duda, su faceta como compositor de bandas sonoras se hizo conocida gracias a la película París, Texas (1984, Wim Wenders), una road movie ambientada en el desierto tejano en la que sólo su genio y maestría en el slide podían reflejar qué era la arena, el calor y la soledad de un hombre en semejante páramo. Además, el tema principal de la película alcanzó gran popularidad en España gracias al programa de televisión Documentos TV, que utilizó la canción como sintonía de cabecera. 

Pero el sur no sólo es desierto y cáctus, también es pantano, cocodrilos y cajunes, y qué mejor sonido que el de Ry Cooder para ambientar La Presa (1981, Walter Hill), una historia enmarcada en el bayou de Louisiana, en la que Keith Carradine y Powers Boothe se verán acorralados por un grupo de violentos cajunes, y con la que Cooder se convertiría en uno de los compositores favoritos de Walter Hill para expresar ese cine tan personal y americano. Southern Comfort, la canción principal de la película (y nombre original del film), muestra sin tapujos ese sello personal que resultaría premonitorio del éxito de París, Texas.

Mención especial merece su trabajo como productor en otra obra de Wenders, el documental Buena Vista Social Club (1999), toda una demostración de como su música traspasa fronteras, de un gusto y un estilo variado, versátil, que va más allá de la música tradicional estadounidense. En este homenaje al son cubano, disfrutamos de la compañía de músicos de la talla de Compay Segundo, Elíades Ochoa, Ibrahim Ferrer y Rubén González. El resultado, amén del documental, fue la edición de un álbum con la colaboración de Cooder y dos conciertos en Amsterdam y Nueva York, interpretando clásicos como Y tú que has hecho, Dos Gardenias o Chan Chan.

Filmografía Selecta

Performance (1970, Nicolas Roeg)
Forajidos de Leyenda (1980, Walter Hill)
La Presa (1981, Walter Hill)
Calles de Fuego (1984,Walter Hill)
París, Texas (1984, Wim Wenders)
Cocktail (1988, Roger Donaldson)
Johnny Guapo (1989, Walter Hill)
Gerónimo, una Leyenda (1993, Walter Hill)
El Último Hombre (1996, Walter Hill) 
Buena Vista Social Club (1999, Wim Wenders)

sábado, 28 de julio de 2012

Bandas Sonoras: Conan el Bárbaro

El director John Milius, encargó al compositor griego Basil Poledouris la partitura para Conan el Bárbaro (1982), un acierto incuestionable, ya que concibió una de las obras musicales más bellas y épicas del cine que recuerdo. Sería desmesurado decir que es la mejor banda sonora para una película de aventuras, pero no me cabe ninguna duda de que se encuentra entre las mejores, aunque bien es cierto que la película, que me gusta, no está ni mucho menos a la altura de la banda sonora.

Milius le concedió a Poledouris plena libertad para componer previamente y sin necesidad de tener las escenas de la película. La única premisa era que fuera una música de corte clásico y orquestal con pinceladas que evocaran a Stravinski, Wagner y Prokofiev, totalmente opuesta a las intenciones del productor Dino de Laurentiis, más orientadas a un estilo kitsch, un pop eléctronico cargado de sintetizadores y que, por suerte, no consiguió convencer a Milius. De esta manera, director y compositor articulaban la partitura con las escenas una vez estaban rodadas, y daban los retoques necesarios a la música para que se ajustara a su gusto.

Aunque el conjunto sea más que notable, siempre hay alguna canción por la que se siente especial predilección. En concreto destacaría Prologue/Anvil of Crom, quizás el más conocido, un tema capaz de conjugar oscuridad con la cavernosa voz en off, brutalidad al irrumpir la percusión y lirismo y belleza al son de los violines. Otra pieza importante, Theology/Civilization, utilizada con frecuencia en anuncios para la televisión, es seguramente una de las más espirituales y emotivas de la banda sonora. El tema se incorpora cuando Conan y su amigo Subotai discuten sobre Crom y los Cuatro Vientos, sus dioses, y se desarrolla junto a unas escenas en las que ambos corren por unos paisajes que, gracias a la música, se convierten en pura magia. El tema Riddle of Steel/Riders of Doom, posiblemente el más completo en cuanto a su riqueza instrumentística y la gravedad de sus coros, suena cuando el padre del pequeño Conan, en lo alto de una montaña, le explica cuál es el secreto del acero, y continúa cuando Thulsa Doom y sus guerreros arrasan  la aldea cimmeria de Conan.

El siguiente listado completa esta excelente bso, y el resto de temas están a la altura de los que he querido  resaltar, pero por llevar una coherencia en el espacio que suelo usar para escribir, no las he desarrollado.

  1. "Prologue/Anvil of Crom" - 3:39
  2. "Riddle of Steel" / "Riders of Doom" - 5:38
  3. "Gift of Fury" - 3:50
  4. "Column of Sadness / Wheel of Pain" - 4:09
  5. "Atlantean Sword" 3:51
  6. "Theology" / "Civilization" - 3:14
  7. "Wifeing (Love Theme)" - 2:10
  8. "The Search" - 3:09
  9. "The Orgy" - 4:14
  10. "Funeral Pyre" - 4:29
  11. "Battle of the Mounds (Part 1)" - 4:53
  12. "Orphans of Doom" / "The Awakening" -5:32

jueves, 20 de enero de 2011

Bandas Sonoras: Jesucristo Superstar

Carl Anderson, como Judas
Corría el año 1970. Eran tiempos de hippies y de rock. La época dorada del rock. Un año antes, Pete Townsend, cerebro de la mítica banda The Who, popularizó un género musical hasta entonces poco conocido, la ópera rock, gracias al álbum de estudio conocido como Tommy. En este contexto, Andrew Lloyd Webber y Tim Rice llevaron a Broadway un musical concebido como ópera rock en torno a la figura de Jesucristo con el gran vocalista de Deep Purple, Ian Gillan, como protagonista.
Norman Jewison (El rey del juego, Huracán Carter) fue el encargado de trasladarlo a la gran pantalla en 1973. Su estreno fue previsiblemente polémico, pues las conciencias más puritanas del momento ya clamaron contra la obra teatral, al tacharla de falsear los contenidos bíblicos y saltarse a la torera la naturaleza divina de Jesús. A pesar de los detractores, el film fue un rotundo éxito, gracias a las interpretaciones de tan excelentes vocalistas como Ted Neeley (Jesús) y Carl Anderson (Judas) y a la calidad del libreto de Lloyd Webber y Rice, compuesto por 24 canciones que narran los últimos siete días de Jesús hasta su crucifixión desde la perspectiva de Judas, quien se muestra crítico ante el endiosamiento del que es víctima Jesús, rodeado de aduladores, y del alejamiento cada vez mayor de las buenas acciones. 
Su éxito animó al director de teatro, Jaime de Azpilicueta (Evita, Cabaret), a adaptar y estrenar el original el 6 de noviembre de 1975 en el Teatro Alcalá-Palace de Madrid, con Camilo Sesto como Jesús, tan sólo catorce días antes de la muerte de Franco. 
De entre los 24 temas, el que más me gusta es Heaven on their minds, interpretado por Carl Anderson, que acompaña a la primera secuencia de la película tras el Overture, pero sin desmerecer otros tan buenos como Whats the buzz, Simon Zealotes, The Temple y Damned for all time, conformando así una ópera-rock que hará las delicias de cualquier aficionado al rock de los setenta.


Extracto de la película, Heaven on their minds, intepretada por Carl Anderson.


               

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Bandas Sonoras: El Álamo

En 1960, John Wayne se lanzó al barro y dirigió su primer largometraje tomando como punto de partida la historia (mitificada desde el mismo momento en que ocurrieron los hechos) de un grupo de tejanos que, atrapados en una vieja misión española, El Álamo, lucharon contra el ejército mejicano en la Guerra de Independencia de Tejas, alcanzada ésta en 1836. Claro, lo consiguieron con la ayuda del ejército de Estados Unidos. El verdadero trasfondo era la anexión del territorio, pero como había que ocultar las ansias expansionistas estadounidenses de cara al panorama internacional, no fue hasta nueve años después cuando se produjo la misma.
El film de John Wayne, del que se dice que John Ford estaba tan maravillado que acudía con frecuencia al rodaje, e incluso rogaba a Wayne rodar algunas escenas, desprende un aura de romanticismo gracias al tratamiento heroico de los personajes, que combaten sin rendirse hasta el final, a la exageración del número de hombres enfrentados (cifras en las que aún hoy los historiadores no se ponen de acuerdo) y a otros aspectos de carácter más cinematográficos que contribuyen a elevar el grado de épica del film, como es el caso de la banda sonora .
La música, creada por el compositor Dimitri Tiomkin, autor de otras importantes partituras como Crimen Perfecto (1954), Gigante (1956) o 55 días en Pekín (1963), se acoplaba perfectamente al carácter legendario que le imprimió Wayne, y en ella destacan temas como Degüello, que anteriormente utilizó en la película Río Bravo (1959). Éste, inspirado en el toque a degüello utilizado por el ejército mejicano en la contienda, que  tomaron tiempo atrás de las tropas españolas, era un aviso a sus enemigos, en este caso  los defensores del Álamo,  para los que no habría cuartel y  no les esperaba otra cosa mas que la muerte. Otro tema interesante sería el compuesto para la batalla final de la película y, aunque sea mucho decir después de cincuenta años, quizás una de las batallas mejor rodadas que he visto, me refiero al tema épico The Battle of The Alamo. Por último, quería citar también el tema con el que cierra el film, The Alamo Final, con un excepcional coro masculino al que se le une más tarde otro femenino y, sobre todo, la pieza más conocida, The Green Leaves of Summer, una composición de abundante lirismo con la que se abren los títulos de crédito y que, como anécdota, Quentin Tarantino incluyó en una de las secuencias iniciales de su última película Malditos Bastardos (2009).
Aquí os dejo ambas versiones.

The Green Leaves of Summer, original de Dimitri Tiomkin para "El Álamo".




The Green Leaves of Summer, versión para la película "Inglorius Basterds".

sábado, 25 de septiembre de 2010

La Conquista del Oeste

Contar la historia de los Estados Unidos a lo largo del siglo XIX en tan sólo dos horas y media fue la ambiciosa pretensión de los productores de la Metro con este film, La Conquista del Oeste (1962). Un aparatoso proyecto en el que no escatimaron en gastos y esfuerzos: un enorme reparto con las mejores estrellas de Hollywood, como James Stewart, Gregory Peck o George Peppard, suntuosos decorados, vestuario de lujo y las más bellas postales del paisaje norteamericano, es decir, las grandes praderas, el río Ohio, el Missisippi, los desiertos, la cordillera de los Apalaches... Para tal fin, contaron con un nuevo método para rodar con tres cámaras simultáneas, el Cinerama, con el que buscaban sacar mayor partido a los espectaculares paisajes.
El intento de dotar de una columna vertebral a esta película de tan grandes dimensiones se basaba en el paso de varias generaciones de una misma familia y en su presencia en los acontecimientos más relevantes del siglo. Los personajes y sus propias circunstancias poco importan, apenas se encuentran definidos, siendo imprecisos y poco profundos, con muchas prisas para la próxima aparición de la estrella de turno que, como Henry Fonda, John Wayne o Lee van Cleef, pasan sin pena ni gloria, pues son meras excusas para mostrarnos un verdadero compendio de tópicos del Far West : los pioneros y primeros colonos, la fiebre del oro, la llegada del ferrocarril y el telégrafo, las manadas de bisontes, los grandes ríos, la Guerra Civil, las Guerras Indias... en lo que pretende ser la verdadera historia de los Estados Unidos o, incluso, el mejor western de la historia, quedándose en un resultado atropellado a pesar de su duración, al pasar de puntillas por muchas temas sin pisar ninguno (véase la parte de la Guerra Civil, rodada por John Ford), y quedando una sensación de hastío ante tanto exceso que no conduce a mucho.
A pesar de ello, tiene alguna que otra escena que merece la pena, como la de los rápidos y las balsas de los pioneros o la de la estampida de los bisontes, y de la música, compuesta por Alfred Newman, poco que decir, sobretodo por el tema principal. Me limitaré a poner el enlace, que tal vez no se vea muy bien, pero el sonido es excelente.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Bandas Sonoras: My Blueberry Nights

Hay días que te sientas en el sofá a ver una película, agarras la tarrina de dvds y ni siquiera sabes que te apetece. Entonces dices, pues ésta mismo. A veces, las más, ves un truñete curioso, y otras, las menos, te llevas una grata sopresa. Hoy he tenido suerte, no ha salido cruz. Sin embargo, no ha sido porque haya visto una película magnífica de las que se te agarran al estómago y a cada fotograma que pasa pides que no sea el último. No. Se trata de My Blueberry Nights (2007), una película que merece la pena ver y dedicar una entrada , sobretodo, por su música. La verdad es que esto de las bandas sonoras no deja de sorprenderme. ¿Cuando la harán para que quede tan perfecta en cada momento de la película? ¿Acaso el director le encomienda de antemano la música al que corresponda y posteriormente se encarga de ajustarla, o el director le pasa la película al compositor y éste trabaja en función de las escenas ya preconcebidas? Psss, no sé, supongo que cada maestrillo tendrá su librillo, el caso es que en esta película no sólo cada canción se acopla de manera sorprendente a cada situación, sino que además son canciones de una calidad indiscutible, y eso se agradece cuando has dedicado hora y media o dos de tu valioso tiempo a verlas venir.
Cada canción es una gota de lo mejor del panorama musical estadounidense, casando perfectamente con una historia de desamor y búsqueda de sí mismo, enmarcada en una road movie entre dos de los lugares más cinematográficos que existen: New York y los desiertos del sur de Estados Unidos. De esta manera, nuestro oído se deleita con el dulce canto de Norah Jones en "The Story", la guitarra blues de Ry Cooder en "Long Ride", el torrente de voz de Mavis Staples con "Eyes on a prize" y el monstruo, el mejor, Otis Redding con la emocionante "Try a little tenderness". Es una banda sonora selecta, con un repertorio que nada entre el jazz, blues, y sobre todo soul. Ideal para curar cerebros entumecidos con Lady Gaga o David Guetta. No os la perdáis.

martes, 17 de agosto de 2010

Bandas Sonoras: La Misión

Entre el calor y la humedad, el espesor de la selva y el tronar de las cataratas del Iguazú, las más bellas notas de oboe que puedan oír en sus vidas se alzan descontextualizadas, un instrumento occidental en medio de la selva paraguaya (lógica y a su vez hermosa metáfora del choque de culturas entre españoles y americanos), oído por unos impresionados guaraníes que se acercan con cautela al origen de tan extraña y bella melodía, un barbudo hombre blanco sentado sobre una piedra tocando dicho artefacto.

De esta manera, aparecen las primeras notas de "Gabriel's oboe", uno de los temas principales de la banda sonora de La Misión (1986), compuesta por el eterno Ennio Morricone. El público, acostumbrado a asociar su música con Monument Valley y el desierto de Almería, quedó sorprendido y se rindió a sus pies. Y yo también por supuesto. La Misión no hizo más famoso a Morricone, pero si que le consagró como uno de los mejores compositores de bandas sonoras de la historia, sino el mejor (frikis de John Williams, las bandas sonoras de Superman e Indiana Jones molan, pero son igualitas, y Tiburón son dos notas).

Además de este tema, merecen la pena destacar, dentro de lo inmejorable del conjunto, "On earth as it is in heaven", el de los famosos coros y mil veces escuchado en televisión, "Falls" y "Ave María Guaraní", este último interpretado por un coro infantil de voces angelicales con las que a muchos se les pondrá la piel de gallina. La inmensidad de Morricone quedó plasmada en esta obra maestra de los ochenta que supo conjugar ritmos étnicos y melodías religiosas acompañados de la London Philarmonic Orchestra y el coro de Barnett's School.
Dos años después, el genio romano volvería a lucirse en Cinema Paradiso, pero eso es otra historia.


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