lunes, 27 de diciembre de 2010

La borrachera y el USS Indianápolis

El 30 de Julio de 1945, a falta de dos meses para el fin de la Seguda Guerra Mundial, el buque de guerra estadounidense USS Indianápolis navegaba hacia la isla de Guam  con casi 1.200 tripulantes. Se desconocía que navegaba por la zona, pues acababa de finalizar una misión secreta: transportar la bomba atómica que destruiría Hiroshima hasta el atolón de Tinian, base de operaciones americana. A la vuelta fue interceptado por un submarino japonés, mandando con dos torpedos al crucero americano a los abismos del Pacífico. El Indianápolis se hundió en apenas doce minutos, ahogándose 300 hombres en el acto. Es entonces cuando comenzó una de las historias más estremecedoras que  conozco. Sería medianoche cuando el barco se hundió. Los supervivientes lograron mantenerse a flote gracias a los salvavidas y los restos del naufragio, pero pronto comenzaron a acercarse  tiburones, cobrándose las primeras víctimas. La sangre y el ruido de casi mil personas a flote atrajeron a más tiburones, lo que se tradujo en un escenario dantesco, donde los más afortunados asistían a una pesadilla díficil de soportar para cualquier ser humano, ver como los de tu alrededor son devorados uno a uno por los tiburones sin saber si el siguiente puedes ser tu. Sin embargo, no fue hasta tres días después cuando un avión que sobrevolaba la zona descubrió a los supervivientes y pudo dar el aviso para rescatarlos. Sólo sobrevivieron unos 300 hombres. De los fallecidos, 400 fueron pasto de los tiburones.

Esta es la terrible historia que cuenta Robert Shaw en Tiburón (1975) en una de mis escenas favoritas de la película. Tal y como la cuenta hace que se nos quede la misma cara de panoli que a Roy Scheider y Richard Dreyfuss. Mientras nos divertimos con la borrachera que se marcan los tres, tan verosímil que apostaría a que un par de copitas cayeron, y acompañada de un pique de "a ver quien tiene la cicatriz más grande", Shaw nos mete el miedo en el cuerpo poniéndose serio y cuenta esta trágica historia que su personaje, Quint, sufrió en sus propias carnes. Al menos, al final de la escena se nos pasa el susto gracias a que se ponen a cantar Linda dama española y rompen un poquito el hielo.

La escena no la he conseguido en castellano ni doblada pero hay cosas que se entienden, Shaw acojona incluso a los que no sabemos mucho inglés. De todas formas, se puede ver en castellano en cualquier enlace de megavideo (1h25m).

Quint´s U.S.S. Indianapolis Speech - Jaws
                  

lunes, 20 de diciembre de 2010

Raoul Walsh

Con aires casi aristocráticos y elegante porte, Walsh derrochaba estilo con la clase que le conferían sus accesorios: bastón, pañuelo en el pecho, bigotillo y, sobre todo, un parche negro en el ojo, que delataba la importancia que le daba  a una más que cuidada imagen, pues no era tuerto, siendo uno de los míticos directores que llevaban parche sin serlo, como André de Toth (el único que sí lo era), John Ford o Fritz Lang, al que también le dio por ponerse monóculo. 
Desde que se puso manos a la obra con el cine mudo, Walsh  mostró su inigualable calidad tras las cámaras, primero siendo habitual colaborador en las películas de D.W. Griffith, y años más tardes tomando personalmente el mando en obras como El ladrón de Bagdad (1924), una adaptación personal de los relatos de Las mil y una noches y Los amantes de Carmen (1927), con Victor McLaglen haciendo de torero. Estas películas fueron tan sólo un anticipo de lo que después vendría con la llegada del cine sonoro, dándose a conocer como un director de género, pero del género que le diera la gana, ya fuera western, bélico, drama, cine negro... cualquiera de estos campos dominaba con inusitada soltura, sacándose de la chistera verdaderas obras maestras y haciendo olvidar  de un plumazo el adjetivo de artesano, utilizado tan a menudo para menospreciar a algunos directores. 
En cuanto al cine de aventuras, realizó dos películas ambientadas en el mar protagonizadas por Gregory Peck, El hidalgo de los mares (1951) y El mundo en sus manos (1952), esta última con un humor un tanto ingenuo y simple que se hace hasta incómodo, pero buena película al fin y al cabo, y con un Anthony Quinn maravilloso haciendo de El Portugués. 
Con Errol Flynn, uno de sus actores fetiche,  hizo un buen puñado de películas y ninguna mala. Desde la biografía del boxeador James J. Corbett en Gentleman Jim (1942) hasta Objetivo: Birmania (1945), en la que acorralaba a Flynn en una jungla atestada de japoneses, pasando por otro film bélico como Jornada Desesperada (1942) y, para mi gusto, la mejor película de ambos: Murieron con las botas puestas (1941), en la que se realiza un tratamiento romántico de la figura del general Custer, un héroe para algunos y un loco asesino para otros. 
También supo moverse con excelencia en el cine negro, retratando la imagen de los más ambiciosos gángsters durante la época de La Ley Seca, como el interpretado por James Cagney en Los violentos años veinte (1939) y, retomando la misma senda diez años después en Al rojo vivo, de nuevo con un Cagney, si cabe, más visceral y agresivo.  
Imagino que alguna película mala tendrá dentro una filmografía de más de cien películas, sin embargo, he tenido la buena suerte de no tropezarme con ninguna. No estaría muy sano si me las hubiera visto todas, pero de las siete u ocho que sí vi, puedo decir que la peor que he visto era entretenida y, si algún día me encuentro con algún pestiño con su firma, dudo mucho que desluzca una filmografía al alcance de pocos.  

lunes, 13 de diciembre de 2010

El Cine Nazi

El triunfo de la voluntad (1934)
Desde 1933, año del ascenso al poder de los nazis en Alemania, hasta su caída en 1945, Hitler y su Ministerio de Propaganda e Información levantaron una portentosa industria cinematográfica para glorificar al Tercer Reich y demonizar la imagen del enemigo. Para tal fin, no escatimaron ni lo más mínimo en medios económicos y logísticos, poniendo en marcha una maquinaria propagandística a la altura del precedente soviético, ambas con un fin último: formar y manipular a las masas.
A diferencia del cine de la Unión Soviética, el cine nacionalsocialista apenas aportó innovaciones cinematográficas, pero sí supo aprovechar las técnicas conocidas y, como hemos dicho, gastar cada marco que fuera necesario. De esta manera, los nazis tomaron el control de la UFA, la productora más potente de Alemania y una de las más importantes del mundo durante los años dorados del cine mudo. Así comenzó un cine estrechamente ligado a la política, rodándose films como El judío Suss (1940, Veit Harlan), un claro ejemplo de alegato antisemita en el que se mostraba a las claras el porqué de la superioridad aria y la maldad judía, o Quex, joven de Hitler (1933, Hans Steinhoff), siendo esta vez el comunismo el objetivo de la agresividad nazi.
Sin embargo, fue la obra de la directora Leni Riefenstahl la de mayor importancia y la que mejor sirvió a los intereses de Hitler. En concreto, la película El triunfo de la voluntad (1935) constituye un derroche de parafernalia nazi descomunal, que toma como punto de partida el Congreso del Partido de 1934 para servir de vehículo propagandístico del nazismo y de Hitler. Éste, se presenta como un dios surgido de los cielos, aterrizando en Nuremberg para salvar al pueblo alemán y llevarlo hacia la gloria. Así, se sucederán los discursos a favor de las bondades del régimen y del führer, mujeres, hombres y niños sonrientes aparecerán cooperando, trabajando rebosantes de felicidad, todos unidos para servir a la gran nación alemana y aclamando cada palabra del nuevo mesías.
A lo largo de su vida (vivió 101 años y murió en 2003) Riefenstahl siempre se defendió de las acusaciones, negando su filiación al partido nazi y afirmando que lo que ella hacía era cine histórico. No obstante, es innegable que se trata de clara apología al nazismo, pues fue creado para tal fin y cautivar a las masas ofreciéndoles un producto espectacular con el que fuera fácil impresionarles. Sin embargo, como documento histórico para conocer el aparato propagandístico nazi no tiene precio, es magnífico.
El triunfo de la voluntad se convirtió en la película más reconocida de un cine, el nazi, que constituyó el  paradigma de arte al servicio del poder, del que no sólo beben, ni han bebido, los totalitarismos, pues también Hollywood fue utilizado para difundir o legitimar la política del gobierno estadounidense, y si no, repasemos las películas de acción de la era Reagan.
Os dejo un breve pero interesante extracto de la película.
                   

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Doce Hombres sin Piedad

En una calurosa tarde de verano, un jurado delibera sobre la inocencia o culpabilidad de un chico acusado de parricidio, sobre el que caerá todo el peso de la ley si así lo deciden por unanimidad sus doce miembros.  Aparentemente, el caso está muy claro. El chico es culpable y todo el jurado está de acuerdo. ¿Todos? No. El jurado nº 8 tiene una duda razonable e intentará convencer con argumentos porqué no deben mandar a la silla eléctrica al acusado. Sobre estos sencillos pero fuertes pilares, se sustenta toda la estructura de Doce hombres sin piedad (1957), una película con evidentes orígenes teatrales que Sidney Lumet adaptó del guión de Reginald Rose, rodándola en tan sólo veinte días, gracias al ofrecimiento del productor y actor protagonista de la misma, Henry Fonda.
La película comienza con un magistral plano secuencia de unos tres minutos en el que Lumet presenta a los doce personajes, mostrándonos un breve esbozo de su personalidad, y así darnos una idea de cual será el comportamiento de cada uno de los miembros a lo largo de la deliberación. Entre ellos hay dos que llevan la voz cantante y, en función de lo convincente de su discurso, arrastrarán la opinión del resto a un lado o a otro. Estos son, como ya he dicho, el jurado nº 8, Henry Fonda, quien planteará su indecisión y sorpresa ante el convencimiento de sus colegas, y Lee J. Cobb, el jurado nº 3, un hombre amargado que carga un profundo resentimiento por su propia experiencia como padre de un hijo rebelde. Entre el resto de miembros, también resultan interesantes el astuto y anciano jurado nº 9, John Sweeney, y el impresentable jurado nº 7, Jack Warden,  deseoso de terminar cuanto antes para ver un partido de béisbol. 
La admiración por esta película quedó constatada en varias versiones posteriores, en las que se han visto involucrada gente de la talla de Jack Lemmon, Edward J. Olmos o James Gandolfini para la versión televisiva de William Friedkin de 1997, o la versión de Televisión Española de 1973, con míticos de nuestro cine como Manuel Alexandre, José Bódalo, Rafael Alonso o Sancho Gracia.
Gran parte del mérito de Doce hombres sin piedad es que la práctica totalidad del metraje transcurre en la sala donde el jurado discute la sentencia y sin que por ello pierda un ápice de ritmo, más bien al contrario. El excelente guión de Reginald Rose es el mejor exponente de cómo se puede hacer una obra maestra sin artificios ni grandes recursos, tan sólo con una historia sin fisuras y un buen puñado de excelentes actores, cosa que, por otro lado, resulta difícil ver hoy en día. Toda una lección de cine del maestro Lumet.

jueves, 2 de diciembre de 2010

John Boorman

De izq. a dcha., Marvin, Boorman y Mifune.
El director británico John Boorman, realizó su particular debut con la película policiaca A Quemarropa (1967), un thriller protagonizado por   Lee Marvin, un tipo duro bien curtidito en estas lides, en el que se entremezclan acción, erotismo y violencia, características que, por otra parte, se darían con frecuencia a lo largo de su filmografía. 
Su segunda colaboración con Marvin, Infierno en el pacífico (1968), sirvió para enfrentar, en un excelente duelo interpretativo, a éste con Toshiro Mifune, dos soldados, uno norteamericano y otro japonés que, tras un combate naval durante la Segunda Guerra Mundial, naufragan en una isla desierta, obligándoles a una dura y violenta convivencia entre enemigos irreconciliables.
Con Deliverance (1972) firmó su cuarto trabajo, una cruda fábula ecologista en la que exponía a un sorprendente Burt Reynolds y a un jovencito "padrísimo" de la Jolie, Jon Voight, a los peligros más salvajes de la  naturaleza, haciéndoles añorar las comodidades de la civilización.
En 1981 estrenó su versión sobre las leyendas artúricas, Excalibur, para sus seguidores la película más fiel y de mayor calidad sobre la Materia de Bretaña hecha hasta la fecha, sin embargo, pienso que ha envejecido mal, con una estética ochentera a la que no ayuda una fotografía algo neblinosa, un vestuario repleto de armaduras relucientes y algunos personajes poco acertados, como Merlín, más cercano a Tino Casal que a la figura típica de un druida celta del siglo VI.
Unos años más tarde, volvió a sorprender con El General (1998), que narra la historia de Martin Cahill, un mafioso irlandés bien interpretado por Brendan Gleeson, quién se enriqueció y se estuvo riendo del gobierno y del IRA durante la década de los ochenta.
A día de hoy, son dieciséis las películas firmadas bajo su nombre, un director que destaca por sacar partido de ideas aparentemente simples, películas en las que una mera sinopsis quizás no nos diga nada,  pero que acaban convirtiéndose en productos de buena factura con un sello muy personal, aderezados, a veces, con ciertas dosis de violencia y que, a pesar de algún que otro traspiés, intentará sacar a relucir su talento en su próximo proyecto, la adaptación de la novela de Marguerite Yourcenar Memorias de Adriano.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Ernest Borgnine

Actor de carácter, grande como su propio tórax, y mentón partido,  dio a conocer su característica sonrisa de paletas separadas  a principio de los cincuenta haciendo de secundario, hasta que llegó el bombazo del oscar a mejor actor principal, cuatro años después de debutar. Con Marty (1955) recogió dicho reconocimiento, bien merecido por otra parte, al dar vida al drama de un carnicero soltero, todavía no emancipado y que se enamora de una profesora, en una historia de singles que buscan una vida propia, compartida con otra persona, pero lejos del hogar paternal.
Así, el orondo y socarrón de Ernest inició su etapa dorada, con papeles importantes en las mejores superproducciones del momento. Fue nada menos que Ragnar, líder normando y padre de un engreído Kirk Douglas  en Los vikingos (1958) y se hizo el sueco ante las artimañas de Lee Marvin y sus "Doce Sucios" en el film bélico Doce del patíbulo (1967) interpretando al General Worden. Dos años después, Peckimpah le reclutó para formar parte de Grupo Salvaje (1969), una banda de ladrones de bancos en la que Borgnine permanecía fiel a su amigo William Holden, correspondiendo a un personal código de moral en el que la amistad era su principal valor, indispensable para sobrevivir a un Oeste moderno en el que los nuevos tiempos habían traído el coche y la ametralladora, sin dejar espacio para unos viejos salteadores a caballo y  revólver en el cincho.
Después de Grupo Salvaje, continuó acudiendo a las llamadas de quienes más le requerían, los directores Robert Aldrich y Richard Fleischer, hasta llegar a los fatídicos ochenta y noventa, periodo de oscuridad para su carrera, en el que se dejó llevar por producciones de dudosa calidad, como la comedia italiana de Terence Hill El Superpoderoso (1980) o la película bélica Comando Patos Salvajes (1984).
Aunque no paró de trabajar, y hoy en día continúa en activo a sus 93 años, la figura de Ernest Borgnine pasó a un segundo plano, quedando prácticamente en el olvido para público y directores, hasta que Sean Penn lo rescató en el experimental film 11'09''01 (2002), un compendio de cortometrajes cuya temática gira en torno a los atentados del 11 de Septiembre, realizados por conocidos directores, como Glez. Iñárritu, Loach y el propio Penn, en el que destaca su labor con la historia de un anciano, Borgnine, vecino de las torres gemelas y que padece la soledad de la viudez en un oscuro apartamento. No os cuento más, son apenas diez minutos y aquí os lo dejo, un digno broche para su extensa filmografía.

               

viernes, 19 de noviembre de 2010

Indiana Jones

Me gustaría hablar en esta entrada de, quizás, el culpable de que muchos hicieramos la carrera de historia y ahora estemos en el paro, casi tanto como el amigo Zapatero o el "sistema económico mundial" que nos han traído esta crisis tan rica. ¡Cuántos pensaríamos de niños que la historia era tan sólo batallitas entre reyes medievales o el desembarco de Normandía, y la arqueología la búsqueda de tesoros mientras te persiguen por la selva hordas de indígenas que sólo piensan en cocinarte en una olla!.
Bromas aparte, tengo claro que me encanta mi carrera y, si pudiera, la volvería a hacer, el doctor Jones supuso el héroe por excelencia de miles de niños en los 80 y 90. Los artífices, Lucas y Spielberg, crearon a un arqueólogo que más que dar clases buscaba ídolos mayas, reliquias cristianas, viajaba a los lugares más remotos y exóticos tropezando con mil desafíos y, además, le sobraba tiempo para ligar. Con su clásico traje de faena, cazadora de cuero, fedora, pistola y látigo, y en el rostro media sonrisa y barba de tres días, no necesitaba más para despachar a cuantos nazis se le pusieran por delante.
En su primera aventura, En busca del arca perdida (1981), huía de una roca gigante en la selva, se enfrentaba por primera vez a los nazis y a sus odiadas serpientes, siempre acompañado por su amor platónico, Marion. En las dos películas siguientes, El templo maldito (1984) y La última cruzada (1989), Indiana se confirmaba como el héroe juvenil, manteniendo el respeto al género de aventuras, con nuevos compinches que daban un mayor toque de humor a la saga, como el niño chino Tapón y el padre de Indy, Sean Connery, pasando a ser una trilogía ya clásica.
De esta manera, se convirtió en todo un fenómeno de la historia del cine similar a Stars Wars, con miles de fans por todo el mundo, que pedían enloquecidos una cuarta entrega de su arqueólogo favorito. Ésta llegó, posiblemente, algo tarde. En 2008, Indiana volvió a coger el látigo en El reino de la calavera de cristal, ya entradito en años y con canas, en una historia aderezada por mitos como El Dorado, comunistas en vez de nazis y extraterrestres, una mezcla que no gustó a casi nadie. En mi opinión, el problema era que la mayoría de los fans ya no eran los niños que descubrieron maravillados al doctor Jones y mitificaron la trilogía, pasando por alto la poca verosimilitud que contenía, y ya con ojos de adulto, no perdonaron a la última precisamente esto. O quizás no, y la cuarta era bastante mala. En cualquier caso, me apunto a los rezos de Harrison Ford para que hagan una última más. ¡Por la aventura y por Indiana Jones!

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Bandas Sonoras: El Álamo

En 1960, John Wayne se lanzó al barro y dirigió su primer largometraje tomando como punto de partida la historia (mitificada desde el mismo momento en que ocurrieron los hechos) de un grupo de tejanos que, atrapados en una vieja misión española, El Álamo, lucharon contra el ejército mejicano en la Guerra de Independencia de Tejas, alcanzada ésta en 1836. Claro, lo consiguieron con la ayuda del ejército de Estados Unidos. El verdadero trasfondo era la anexión del territorio, pero como había que ocultar las ansias expansionistas estadounidenses de cara al panorama internacional, no fue hasta nueve años después cuando se produjo la misma.
El film de John Wayne, del que se dice que John Ford estaba tan maravillado que acudía con frecuencia al rodaje, e incluso rogaba a Wayne rodar algunas escenas, desprende un aura de romanticismo gracias al tratamiento heroico de los personajes, que combaten sin rendirse hasta el final, a la exageración del número de hombres enfrentados (cifras en las que aún hoy los historiadores no se ponen de acuerdo) y a otros aspectos de carácter más cinematográficos que contribuyen a elevar el grado de épica del film, como es el caso de la banda sonora .
La música, creada por el compositor Dimitri Tiomkin, autor de otras importantes partituras como Crimen Perfecto (1954), Gigante (1956) o 55 días en Pekín (1963), se acoplaba perfectamente al carácter legendario que le imprimió Wayne, y en ella destacan temas como Degüello, que anteriormente utilizó en la película Río Bravo (1959). Éste, inspirado en el toque a degüello utilizado por el ejército mejicano en la contienda, que  tomaron tiempo atrás de las tropas españolas, era un aviso a sus enemigos, en este caso  los defensores del Álamo,  para los que no habría cuartel y  no les esperaba otra cosa mas que la muerte. Otro tema interesante sería el compuesto para la batalla final de la película y, aunque sea mucho decir después de cincuenta años, quizás una de las batallas mejor rodadas que he visto, me refiero al tema épico The Battle of The Alamo. Por último, quería citar también el tema con el que cierra el film, The Alamo Final, con un excepcional coro masculino al que se le une más tarde otro femenino y, sobre todo, la pieza más conocida, The Green Leaves of Summer, una composición de abundante lirismo con la que se abren los títulos de crédito y que, como anécdota, Quentin Tarantino incluyó en una de las secuencias iniciales de su última película Malditos Bastardos (2009).
Aquí os dejo ambas versiones.

The Green Leaves of Summer, original de Dimitri Tiomkin para "El Álamo".




The Green Leaves of Summer, versión para la película "Inglorius Basterds".

sábado, 13 de noviembre de 2010

Max von Sydow

Max Von Sydow (dcha.) en Pelle el conquistador
La primera vez que el público, eso sí, poco numeroso y elitista, conoció al actor sueco Max von Sydow, fue cuando su compatriota Ingmar Bergman le hizo jugar una partida de ajedrez contra la muerte en El Séptimo Sello (1957). La industria americana pronto se fijó en ese actor alto, rubio, de rasgos marcados y enorme bozo, lo que le haría  firmar un contrato para interpretar al mítico Padre Merrin, en la menos filosófica y más trivial El Exorcista (1973). Tras luchar por sacar al diablo del cuerpo de Linda Blair, llamaron a su puerta proyectos de todo tipo. Los más relevantes fueron algunos como los que le llevaron a tumbarse en el diván de Woody Allen en la comedia  Hannah y sus hermanas (1986), donde interpretaba a un pintor intelectual, pedante y antisocial que mantenía una relación con una de las hermanas de Hannah, o sumergirse en el incomprensible y marciano mundo de David Lynch en Dune (1984).
Con el paso de los años, sus papeles fueron dirigiéndose a otros más acordes a su edad, compatibles a un rostro que iba tallando cada vez más arrugas, y así surgió  la bella historia de Lasse en Pelle el Conquistador (1987), un pobre hombre, viudo,  que, junto a su pequeño hijo Pelle, lucha por salir adelante, encontrar una mejor vida y mantener la ilusión de buscar un buen lugar, a pesar de los duros obstáculos con los que se encuentran en una Dinamarca de finales del XIX falta de oportunidades y sobrada de gentes.
Después de Pelle, a la que me atrevería a considerar la cota más alta de su carrera desde un punto de vista cualitativo, y eligiendo de entre las más de cien películas en las que ha participado, podríamos señalar su colaboración con Spielberg en Minority Report (2002), en la que interpreta al doctor Burgess, superior de Tom Cruise en la empresa Precrime o la serie Los Tudor (3º Temporada) con un Cardenal von Waldburg que arremete contra la poca religiosidad de Enrique VIII. 
Su última película ha sido Shutter Island (2010) de Martin Scorsese que, junto a Aritmética Emocional (2007) en la que completa un reparto magnífico con Christopher Plummer, Susan Sarandon y Gabriel Byrne, son las que me apunto en la agenda para seguir disfrutando y apurar los últimos destellos de este actorazo sueco ya octogenario.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Lawrence de Arabia

Una minúscula silueta, delatada por una nube de polvo,  se acerca lentamente desde el horizonte tomando la forma de un árabe a camello, de nombre Sherif Ali, líder de la tribu de los howeitat. Hasta que no lo tenemos casi en primer plano no reconocemos quién es. Pero no hay duda, se trata del gran Omar Sharif.

Esta es una de muchas escenas magistrales que tiene la película, podría haber elegido otras, pero esta es la primera que me hipnotizó. Con ella David Lean nos sumerge (con la ayuda imprescindible de la música de Maurice Jarré) en un hechizo desértico cuya inmensidad solo es comparable a la propia personalidad que nos quiere mostrar, la de uno de esos hombres únicos que surgen muy de vez en cuando: T.E. Lawrence.

Soldado, diplomático, filósofo, aventurero... Lawrence abandona las comodidades del hogar y la campiña inglesa por  la jaima, las dunas y el sol de Arabia, en una misión encargada por sus superiores: tomar contacto con el Príncipe Faisal y organizarse contra el ejército turco, y así  equilibrar la balanza en la Gran Guerra. Sin embargo, cuando lo consigue, en un acto de amor y locura por un lugar en el que encuentra  su propia paz interior, promete a los árabes algo imposible, incluso para él: la libertad.

El sufrimiento de su conciencia, agobiada por dicha promesa, dada a un pueblo unido sólo por la ilusión en torno a las consecuencias que se darían en caso de cumplirse, a sabiendas de que el gobierno británico jamás permitiría una Arabia libre, sí de los turcos, pero no de ellos, of course, se refleja en los ojos inquietos de Peter O'Toole. Acentuados por la soledad del desierto, serían los únicos capaces de revelar la grandeza interior de un prohombre que en palabras de Churchill "Fue uno de esos seres cuyo paso por la vida fue más rápido y más intenso que de ordinario." "...pudo haber realizado el sueño juvenil de Bonaparte de conquistar el Oriente; pudo haber llegado a Constantinopla... Pero el viento tempestuoso cesó...Tocaron las campanas del Armisticio...".
En fin, otro día hablamos de la banda sonora, que también se las trae.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

La Caza de Brujas

A mediados de la década de los cuarenta, y sobretodo en los cincuenta, en plena Guerra Fría, se dio un proceso sistemático de depuración de cualquier persona sospechosa de ser comunista, progresista o, simplemente, crítica con la política del gobierno. Así, en el país de las oportunidades y la estatua de la libertad, se implantó, de la mano del senador republicano Joseph McCarthy y el Comité de Actividades Antiamericanas (HUAC), presidido por John Parnell Thomas, una censura en toda regla que mutilaba películas y, como mínimo, humillaba públicamente, privaba de empleo o encarcelaba a aquellos actores, directores y guionistas que fueran incluidos en las famosas listas negras. 
Entre los acusados por el dedo del macarthismo destacan los "Diez de Hollywood", como el director Edward Dmytryk (El baile de los malditos, El motín del Caine...) o el guionista Dalton Trumbo (Espartaco, Vacaciones en Roma...) a quienes las productoras RKO y MGM dieron la espalda por temor a la Comisión, y fueron encarcelados. Hubo otros casos como el de Charles Chaplin o el director Jules Dassin. El primero, acusado de pertenecer al Partido Comunista, fue expulsado del país junto con su familia, exiliándose en Suiza, y Dassin, también imputado por difundir ideas ajenas a las esencias de América, hubo de buscar asilo en Francia. 
Se dieron una serie de tristes delaciones, la mayoría impulsadas por las productoras, que no querían desprenderse del personal con más talento, por lo que obligaron a muchos a traicionarse. Es el caso del actor Sterling Hayden, y los directores Elia Kazan o Robert Rossen, acusados de llevar a cabo actividades subversivas, y quienes dieron nombres para así no perder sus puestos de trabajo.
También es cierto que los acusados recibieron grandes muestras de solidaridad por parte de otros compañeros, organizados en el Comité de la Primera Enmienda, del que formaban parte destacados artistas como Katharine Hepburn, Kirk Douglas, John Ford o Humphrey Bogart.
Esta caza inquisitorial, que desvió el arte de su cauce natural, llevando incluso a la industria a realizar películas propagandísticas de marcado caracter anticomunista, comenzó a decaer cuando, en 1954, McCarthy intentó llevarla a cabo dentro del ejército estadounidense. Fue entonces cuando le pararon los pies, y en el senado presentaron una moción de censura contra él. De esta manera, el Comité de Actividades Antiamericanas perdió su principal apoyo político y su capacidad de actuación, librando así a Hollywood de la censura.
Miembros del HUAC, entre ellos Richard Nixon, a la dcha.

jueves, 28 de octubre de 2010

Jim Sheridan

Jim Sheridan (izq) y Daniel Day Lewis, en el rodaje de "En el nombre del padre"
El prestigio del director dublinés Jim Sheridan es debido a una escasa filmografía, pero de una calidad indiscutible, que inició allá por 1989 con la película Mi pie izquierdo. En ella contaba la vida de un conocido pintor que padecía una parálisis cerebral por la cual sólo podía utilizar, como el nombre de la película indica, su pie izquierdo. El papel cayó en manos de Daniel Day-Lewis, con el que formó un tándem magistral plasmado en dos películas más: En el nombre del padre (1993) y The Boxer (1997).

Estas dos películas coinciden en un mismo contexto, una Irlanda en la que el IRA campa a sus anchas y se encuentra más poderoso. En la primera,  Day Lewis interpreta a Gerry Conlon, uno de los "Cuatro de Guildford", condenados injustamente a más de quince años de cárcel por un atentado en el que murieron cinco personas. En The Boxer, esta vez el personaje principal, de nombre "Danny Boy" Flynn, es un antiguo miembro del IRA que, tras cumplir una condena, intenta por todos los medios rehacer su vida al margen de cualquier actividad delictiva y abriendo una escuela de boxeo.

Por norma general, su cine aborda una temática social exenta de cualquier tipo de intentos de manipulación hacia el espectador, como podríamos ver en otras películas semejantes, como El viento que agita la cebada (2006), de Ken Loach, mostrando hechos contrastados y sin caer en maniqueísmos baratos que , malintencionadamente, pretenden posicionarnos de un lado en concreto. 
Dentro de ese cine social, Sheridan añade a su filmografía la cuestión de la inmigracion en el drama En América (2002) y las disputas del campo entre propietario y arrendatario en la ya mencionada en otra entrada El Prado (1990).

De esta manera, cierra un círculo de películas que podrían ser consideradas como el máximo exponente, junto con la filmografía de Loach, del cine británico de los 90, para después dar el salto a Hollywood, donde ha realizado dos films que, según la crítica especializada, bajan el listón considerablemente.

Richard Harris y Sean Bean en El Prado (1990)
Daniel Day-Lewis y Pete Postlethwaite en En el nombre del Padre (1993)
Daniel Day-Lweis y Emily Watson en The Boxer (1997)
Daniel Day-Lewis y Ruth McCabe en Mi Pie Izquierdo (1989)
Paddy Considine y Samantha Morton en En América (2002)

martes, 26 de octubre de 2010

El loco del pelo rojo

La desdichada vida de Van Gogh fue adaptada al cine en 1956 por Vincent Minnelli (Lust for life fue el título original), quien no pudo estar más acertado al asignar a Kirk Douglas el papel de genio atormentado. A pesar del carisma que desprende en cada gesto interpretando a Espartaco (1960, Stanley Kubrick) o el temor que produce el desfigurado rostro de Einar en Los Vikingos (1958, Richard Fleischer), fue la personificación de Van Gogh su papel más aclamado. Más allá de su increíble parecido físico, pocas veces se ha visto en el celuloide una interpretación tan descarnada de un hombre que lucha contra sus propios demonios, contra sí mismo. Un hombre impulsivo, desordenado e irritable, y en cuyo interior hierve un talento capaz de plasmar, únicamente, en un lienzo, demostrando sentimiento, fuerza y belleza pero, como el bueno de su hermano Theo dice "nunca llegará a ser feliz", azotado por los miedos y el fracaso.

De esta manera, naufragan cada uno de sus proyectos: su deseo de ayudar a los más necesitados en su primera etapa como sacerdote, las relaciones amorosas, la convivencia con Gauguin, el taller de artistas que pretendió crear en Arlés, y así hasta el final de sus días.
Además de Douglas, el papel de Paul Gauguin es interpretado por Anthony Quinn. Ambos nos muestran con maestría, mediante una escena en la que discuten acaloradamente, como era la tortuosa relación que los unía, sus desacuerdos artísticos y sus anhelos en la vida.

Por otra parte, el cuidado que aplica Minnelli en la elaboración de las reproducciones de sus cuadros alcanza la perfección, sorprendiéndonos con decorados y exteriores muy precisos de obras tan conocidas de Van Gogh como Los comedores de patatas, El café nocturno o El dormitorio de Van Gogh en Arlés. Así, podríamos afirmar que se trata de un film muy recomendable para cualquier aspirante a actor, cinéfilo o aficionado al arte. Una película de altura, que dista mucho de ser un simple biopic, al tratar temas vinculados al sentido de la vida y la vana búsqueda de un hombre, a pesar de contar con poderosas armas, de un hueco en la vida.

lunes, 25 de octubre de 2010

María, llena eres de gracia

Durísimo film de coproducción colombiana y estadounidense de 2004, que aborda sin licencias melodramáticas la odisea sufrida por tres mujeres que deciden plantar cara desesperadamente a la cruda realidad para salir de la pobreza. Seducidas por un dinero aparentemente fácil, un trato amistoso y acogedor, y empujadas por una vida humilde en la que resulta imposible progresar, toman la decisión de dar un paso que les arroja al mundo de la droga, soportando en sus estómagos más de cuarenta "pepas" de heroína en un viaje de regreso incierto hacia los Estados Unidos o la misma muerte. 
Resulta conmovedor entender como, a diario, dichas circunstancias se producen, no sólo en Colombia, también aquí cerquita, en el traicionero estrecho, apenas catorce kilómetros de longitud, como el pobre moro de turno se la juega, con la guadaña acechándole a cada golpe de ola, para que el narco engorde su tren de vida y el personal se fume  los canutitos correspondientes para relajarse, ignorantes (conscientes o no) de la verdad.
El peso de la película recae en la actriz debutante Catalina Sandino Moreno, que interpreta a una de las "burras" colombianas encargadas del trabajo sucio, quien transmite con excelencia el drama que supone dicho reto, acompañado de la soledad, el miedo ante lo desconocido en un mundo ignoto y el horror e inseguridad al saber que un paso atrás supone la muerte, no sólo la suya sino la de sus seres queridos que deja a merced de los capos de los cárteles, y uno adelante la ausencia de libertad, es decir, la cárcel. 
La amargura y la ansiedad se muestran palpables a lo largo de la película, con momentos contados de elevada tensión, contados para mantenerse en los parámetros de una película dramática y no derivar en lo que sería un thriller. Una película original como pocas, no en su temática, pues ejemplos de películas sobre la droga abundan, y sí en el punto de vista, el del "burro" que se juega la vida.

jueves, 21 de octubre de 2010

Un hombre llamado Richard Harris

"¡Bendita tuberculosis!". Eso fue lo primero que pensé (apenas unos segundos, después vino un "pobrecillo...") cuando leí que Richard Harris iba para estrella de rugby, debutando incluso en las categorías inferiores del XV del trébol, y la enfermedad le obligó a buscarse otro camino. Quién sabe si hubiera sido un Ronan O'Gara del rugby de su época, pues en El ingenuo salvaje (1963) patea, corre la banda y placa que es un gusto, se nota que no necesitó de unas clases prácticas, sin embargo, sabia decisión, descubrió en sí mismo unas importantes dotes interpretativas y, por tanto, inició su carrera como actor de teatro, para luego dar el salto a la gran pantalla.

Fue entonces cuando comenzó a labrarse un nombre, dándose a conocer con la película mencionada, su quinta labor cinematográfica. Su carrera resultó ser una montaña rusa, combinando papeles protagonistas con secundarios, trabajando bajo la batuta de grandes directores (Mann, Peckinpah, Eastwood, Sheridan...)  y absolutos desconocidos, en películas de calidad y en verdaderos engendros y grandes borracheras con penosas resacas con sus amigos Peter O´Toole y Richard Burton.

Dejando a un lado la parte negativa de su trayectoria, Harris nos brindó films de buena factura, elevados a mayor categoría gracias a sus tablas, como Odio en las entrañas (1969), en el que, junto a Sean Connery y otros mineros forman un grupo de saboteadores, los Molly Maguires, que luchan por unas mejores condiciones de trabajo, Un hombre llamado caballo (1970), quizá su papel más recordado, en el que sufrirá el bello y doloroso ritual del sol o El Prado (1990), un drama rural con tintes trágicos en el que interpreta a un hombre capaz de todo por defender lo que cree suyo,  amén de otros papeles que me dejo en el tintero.

En sus últimos años, brilló en papeles pequeños. Cómo olvidar a Marco Aurelio el Filósofo de Gladiator (2000), a Bob el inglés de Sin perdón (1992) y al mago Dumbledore de Harry Potter y la Piedra Filosofal (2001), papel que aceptó enternecido por la insistencia de su pequeña nieta, quien le dijo que no le volvería a hablar más si no hacía de Dumbledore, cerrando así una carrera digna, qué menos, de una entrada.

viernes, 15 de octubre de 2010

Más dura será la caída

Rodada en los últimos años de la etapa dorada del cine negro, Más dura será la caída (1956) supone el último coletazo vital del icono por excelencia de un género que, como el western, vislumbraba su cénit en el horizonte y, precipitándolo con su fallecimiento un año después del estreno, dejó a La Meca del cine huérfana de su gran mito, Humphrey Bogart.
A pesar de lo que en un principio pudiera parecer, no resulta novedoso encontrarnos una película "negra" con una trama ambientada en el mundo del boxeo pues, el mismo director, Mark Robson, penetró en el género sumando la misma temática pugilística con la historia de otro juguete manipulado por las mafias, esta vez interpretado por Kirk Douglas en El ídolo de barro (1949).
Sin embargo, más que falta de originalidad, podríamos decir que se trata de una vuelta de tuerca cuyo resultado es una denuncia abierta que, si la ubicamos en el subgénero de "películas de boxeo", podríamos decir que rechaza ser una película de acción sin más, o una película de boxeo que se vanagloria de los mitos de un deporte en el que abundan más, si cabe, las miserias humanas. Esta denuncia, ataca directamente a la raíz del problema, las mafias que controlan el deporte y lo tienen convertido en un circo (excelente la alegoría de la caravana de Toro Moreno, el triste púgil manipulado, acompañada por una música de lo más circense), asegurando que el boxeo, la eterna lucha interpares ha perdido su esencia, sus valores, pasando a ser un mero negocio, fábrica de hércules de plastilina de usar y tirar que no interesan a nadie, en la que los managers, entrenadores u ojeadores, a través de la farsa y el amaño, elevan al olimpo o empujan al infierno al boxeador en función de lo abultado que quede su bolsillo.
Además, se agradece la presencia en la película de héroes de este deporte como Max Baer o J.J. Walcott, lo cual dice mucho de la veracidad de la historia y, encima, ambos están fenomenal. Desde luego, Bogart no pudo decir adiós de mejor manera.

lunes, 11 de octubre de 2010

El entrañable Walter Brennan

Brennan poseía esa aura o magnetismo, como quieran llamarlo, de los grandes actores. Tenía la nada desdeñable capacidad de atraer la atención del espectador, incluso por encima del mismo protagonista, bien despertando la mayor de las simpatías o el desprecio más virulento en función del personaje, destruyendo  con una facilidad sin igual la etiqueta de "actor secundario". Aunque quizás no resulte un argumento de peso, pues ya sabemos que esto de los premios es digno del mismisimo pucherazo decimonónico español, sus méritos fueron reconocidos con tres premios oscars. Fue durante mucho tiempo el actor con más galardones de la academia, hasta que el inefable Jack Nicholson le igualó, y quién sabe si un día le supere.
Pero todos estos elogios, que no iban con él, resultarían inútiles si no hablamos también de su humildad, constatada para la posteridad cuando dijo: "yo sólo sé actuar de dos maneras, con dentadura o sin ella". De hecho, se quedó sin piños en un accidente en 1932, de ahí la ventaja de no tener que pintárselos de negro.

Creo recordar que la primera película suya que ví fue Río Bravo (1959), en la que interpretaba al inolvidable tullido Stumpy y, desde entonces, apuntaba en rojo toda película en la que su nombre apareciera en el reparto, descubriendo, de esta manera, no sólo su vertiente cómica, sino sus admirables aptitudes para interpretar al despótico juez Roy Bean en El Forastero (1940) o al cabecilla de los hermanos Clanton que traía por el camino de la amargura a Henry Fonda en Pasión de los fuertes (1946).

Quizás, los que no desdeñen los westerns se habrán topado con él más de una vez, pues trabajó en y con los mejores, pero no hay que olvidar otros papeles suyos más allá del género, como el inseparable amigo de Bogart (y el whisky) de Tener y no tener (1944) o al médico de un pueblo de la América profunda en el intrigante film Conspiración de silencio (1955). Sin duda, uno de los más queridos y admirados, al menos para un servidor.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Bob Anderson, el maestro de esgrima

Con seis participaciones olímpicas en esgrima bajo bandera británica y más de cincuenta años de carrera profesional en el mundillo del cine,  Bob Anderson puede considerarse como uno de los más importantes dobles, coreógrafos de peleas y maestros de esgrima de la industria cinematográfica. Y es que, con casi noventa años, sigue trabajando en numerosas películas y aun conserva fuerzas para instruir a sus pupilos en el arte de rebanar pescuezos y sacar los higadillos.

Desde que instruyó a un madurito Errol Flynn en El Señor de Ballantrae (1953) y a Stewart Granger en  la adaptación del clásico de Sabatini, Scaramouche (1952), ha participado en más de treinta películas, la mayoría de gran importancia dentro del cine de entretenimiento. Apareció como doble en un par de películas de James Bond, diseñó los combates en Barry Lindon (1975), Los Inmortales (1986), La Princesa Prometida (1987) y últimamente entrenó a los actores de taquillazos como las trilogías de El Señor de los Anillos y Piratas del Caribe,  e incluso fue uno de los varios actores que se escondieron bajo las ropas de Darth Vader  en la primera trilogía de Star Wars. Curiosamente, ante los mamporrazos que endosaba el gigantesco David Prowse, el actor que encarnaba a Vader, al pobre Alec Guinness, George Lucas decidió que fuera Anderson quien le doblara en las escenas de espada pues, entre la fragilidad de las espadas y la poca pericia de Prowse, éstas se rompían constantemente.

Su última aparición hasta la fecha fue en la producción española Alatriste (2006), en la que, al llegar al rodaje,  cansado de coreografiar peleas poco realistas en las que prima más el espectáculo que la veracidad, presentó toda una declaración de intenciones, al preguntar: ¿En ésta película se baila o se mata?. Y créanlo, en Alatriste los actores se dejan de tonterías, van al cuello.

sábado, 25 de septiembre de 2010

La Conquista del Oeste

Contar la historia de los Estados Unidos a lo largo del siglo XIX en tan sólo dos horas y media fue la ambiciosa pretensión de los productores de la Metro con este film, La Conquista del Oeste (1962). Un aparatoso proyecto en el que no escatimaron en gastos y esfuerzos: un enorme reparto con las mejores estrellas de Hollywood, como James Stewart, Gregory Peck o George Peppard, suntuosos decorados, vestuario de lujo y las más bellas postales del paisaje norteamericano, es decir, las grandes praderas, el río Ohio, el Missisippi, los desiertos, la cordillera de los Apalaches... Para tal fin, contaron con un nuevo método para rodar con tres cámaras simultáneas, el Cinerama, con el que buscaban sacar mayor partido a los espectaculares paisajes.
El intento de dotar de una columna vertebral a esta película de tan grandes dimensiones se basaba en el paso de varias generaciones de una misma familia y en su presencia en los acontecimientos más relevantes del siglo. Los personajes y sus propias circunstancias poco importan, apenas se encuentran definidos, siendo imprecisos y poco profundos, con muchas prisas para la próxima aparición de la estrella de turno que, como Henry Fonda, John Wayne o Lee van Cleef, pasan sin pena ni gloria, pues son meras excusas para mostrarnos un verdadero compendio de tópicos del Far West : los pioneros y primeros colonos, la fiebre del oro, la llegada del ferrocarril y el telégrafo, las manadas de bisontes, los grandes ríos, la Guerra Civil, las Guerras Indias... en lo que pretende ser la verdadera historia de los Estados Unidos o, incluso, el mejor western de la historia, quedándose en un resultado atropellado a pesar de su duración, al pasar de puntillas por muchas temas sin pisar ninguno (véase la parte de la Guerra Civil, rodada por John Ford), y quedando una sensación de hastío ante tanto exceso que no conduce a mucho.
A pesar de ello, tiene alguna que otra escena que merece la pena, como la de los rápidos y las balsas de los pioneros o la de la estampida de los bisontes, y de la música, compuesta por Alfred Newman, poco que decir, sobretodo por el tema principal. Me limitaré a poner el enlace, que tal vez no se vea muy bien, pero el sonido es excelente.

martes, 7 de septiembre de 2010

The Damned United

Brian Clough, Cloughie para prensa y amigos, el entrenador de fútbol que, junto a su inseparable compañero Peter Taylor, fue capaz de alcanzar más imposibles, representa la típica historia de superación que tanto le gusta contar a Hollywood (en este caso el cine británico, tanto monta, monta tanto). Un hombre capaz de coger a un equipo de segunda, un don nadie, el Nottingham Forest, ascenderlo a la primera, ganar la Premier al siguiente y conseguir en los dos años posteriores sendas ediciones de la Copa de Europa, ahí es nada. Ni Madrid de galácticos, ni Barsa de Cruyff ni leches. Del infierno al cielo, y con un par. Sin embargo, el film se centra en sus logros cosechados con el  no menos modesto Derby County y los 44 días que entrenó en el Leeds United, un equipo que juró fidelidad a su anterior entrenador y que detestaba los métodos de Clough, al que pronto hicieron la cama. Su fuerte personalidad fue la culpable de sus éxitos y fracasos, un tipo soberbio, chulesco y con un consumado talento en el arte de la ironía. Fueron famosas sus perlas en los medios de comunicación, como "Ya sé que Roma no se construyó en un día, pero porque no me lo encargaron a mí" o "¿Que si me considero Dios en la Tierra? No, él es mi hijo". Como podemos ver, Clough no necesitaba abuela, y a su altura hoy sólo podrían estar Ferguson o Mourinho. Su historia era perfecta para llevarla a la pantalla, y el resultado es una buena película (la mejor de fútbol que he visto, con el permiso de Evasión o Victoria, dirigida por un John Huston con buenas intenciones pero poco inspirado) interpretada por caras conocidas del cine británico: Michael Sheen (Clough), Timothy Spall y Colm  Meaney, y cuya máxima virtud es la excelente mezcla de imágenes de partidos de fútbol real con ficticias. Un homenaje realizado con buen gusto en honor a uno de los entrenadores más singulares de la historia del fútbol, quizá no el más laureado ni más recordado por el imaginario futbolístico (al menos aquí, en España), pero que alcanzó la gloria partiendo de cero, sin que nadie le regalara nada.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Bandas Sonoras: My Blueberry Nights

Hay días que te sientas en el sofá a ver una película, agarras la tarrina de dvds y ni siquiera sabes que te apetece. Entonces dices, pues ésta mismo. A veces, las más, ves un truñete curioso, y otras, las menos, te llevas una grata sopresa. Hoy he tenido suerte, no ha salido cruz. Sin embargo, no ha sido porque haya visto una película magnífica de las que se te agarran al estómago y a cada fotograma que pasa pides que no sea el último. No. Se trata de My Blueberry Nights (2007), una película que merece la pena ver y dedicar una entrada , sobretodo, por su música. La verdad es que esto de las bandas sonoras no deja de sorprenderme. ¿Cuando la harán para que quede tan perfecta en cada momento de la película? ¿Acaso el director le encomienda de antemano la música al que corresponda y posteriormente se encarga de ajustarla, o el director le pasa la película al compositor y éste trabaja en función de las escenas ya preconcebidas? Psss, no sé, supongo que cada maestrillo tendrá su librillo, el caso es que en esta película no sólo cada canción se acopla de manera sorprendente a cada situación, sino que además son canciones de una calidad indiscutible, y eso se agradece cuando has dedicado hora y media o dos de tu valioso tiempo a verlas venir.
Cada canción es una gota de lo mejor del panorama musical estadounidense, casando perfectamente con una historia de desamor y búsqueda de sí mismo, enmarcada en una road movie entre dos de los lugares más cinematográficos que existen: New York y los desiertos del sur de Estados Unidos. De esta manera, nuestro oído se deleita con el dulce canto de Norah Jones en "The Story", la guitarra blues de Ry Cooder en "Long Ride", el torrente de voz de Mavis Staples con "Eyes on a prize" y el monstruo, el mejor, Otis Redding con la emocionante "Try a little tenderness". Es una banda sonora selecta, con un repertorio que nada entre el jazz, blues, y sobre todo soul. Ideal para curar cerebros entumecidos con Lady Gaga o David Guetta. No os la perdáis.

jueves, 26 de agosto de 2010

El Demonio de Tasmania

Errol Flynn y la Bardot, compartiendo refresco cariñosamente
Quizá sean los dos personajes más famosos de la isla de Tasmania: Taz, el monstruo de la Warner Bros y Errol Flynn... ¿Pero qué digo? La mayoría de las películas de Errol Flynn eran de la Warner. Sí, los dos tienen más similitudes de lo que pensaba. Oriundos del mismo pedazo de tierra australiana, el mismo odio por el agua (uno por falta de higiene y el otro por su pasión por las bebidas destiladas) y el mismo amor por la carne (wikipedia en mano, el monstruo de Tasmania es de los animales más carnívoros del mundo y a Flynn le gustaban más las mujeres que a un tonto un lápiz). Pero centrémonos en el demonio de Tasmania de carne y hueso.

El australiano fue un actor consciente de sus limitaciones, nunca se atrevió a abordar papeles drámaticos ni se desmarcó de su rol de héroe perpetuo. No obstante, contaba con la admiración del público, que acudía en oleadas a ver sus películas atraídos por su personalidad, belleza y sonrisa de truhán (algunos quisieron comparar a Orlando Bloom con Flynn, hasta que comprobaron que incluso un percasol podría tener el doble de carisma que él). Comparaciones aparte, las películas de Errol estaban cortadas bajo el mismo patrón. Nuestro héroe saltarín se calzaba las mallas para rescatar a la princesa de turno (normalmente Olivia de Havilland) y en un duelo final, tras varias piruetas y saltos mortales, derrotaba con la espada a su enemigo. Esta fascinación del público por el Flynn ficticio era alimentada por la leyenda que rodeaba al Flynn real: casado tres veces, infidelidades, orgías, drogas duras, pederastia... Muchas de estas afirmaciones eran ciertas, otras no tanto. De él se llegó a decir que fue espía nazi durante la Segunda Guerra Mundial, algo cuanto menos dudoso, pues quedó clara su ideología política cuando viajó a España durante la Guerra Civil para mostrar su apoyo y dar ánimos a las Brigadas Internacionales.

Tras una vida rota por el alcohol y las drogas, el autodestructivo Flynn murió de un infarto con sólo 50 años. Estuvo sembrado en Robin Hood (1938), Murieron con las botas puestas (1941) y Gentleman Jim (1942) y, gracias a ellas, su legado y estrella hollywoodiense permanecen intactos y relucientes, a pesar de él mismo.

viernes, 20 de agosto de 2010

Al otro lado del mundo


Master & Commander huele a mar y sabe a sal, el viento reseca la piel y el oleaje hace crujir las cuadernas del barco. En la cubierta se respira  pólvora y sudor, y la sangre y el agua dificultan el equilibrio. Master & Commander es realismo, es una bodega llena de ratas y piojos, de brazos amputados,  cuerpos mugrientos y trabajo duro, todo ello condicionado por la estrechez de los espacios. También es candidez clásica, no reniega de El Capitán Blood (1935) ni de Rebelión a bordo (1935), la mayoría de los personajes rezuman honor, lealtad y vitalidad, y el principal, Jack "el Afortunado" Aubrey (Russell Crowe) se presenta como un capitán muy paternal, afable por las buenas y severo, sin un ápice de crueldad, por las malas.

Por otra parte, es una película de dualidades. Nuestro barco, la fragata inglesa "Surprise" persigue al "Acheron", un barco francés de la marina de Napoleón que dobla en hombres y potencia de fuego a la "Surprise".  Dentro de ella tenemos a nuestros protagonistas, el ya mencionado Capitán Aubrey y su mejor amigo el Doctor Stephen Maturin (Paul Bettany). El primero es un hombre hecho a la mar, recio, disciplinado y con una educación militar. El segundo es científico, amante de la naturaleza, con ideas anarquistas y enemigo de la jerarquía. El roce será evidente y cada vez más acusado a lo largo de la película, pero tendrá su tregua gracias a una pasión que los une, tocar en sus ratos libres el violonchelo y el violín. Además, tendremos una tripulación curtida e inspirada por el ardor guerrero, pero a su vez temerosa del mal fario y de que aparezca entre ellos un gafe que atraiga tormentas, arrecifes o calma chicha, un Jonás según el credo del marinero.

Durante la cacería, tendremos como excusa  el reabastecimiento de provisiones para desembarcar en unas de las islas más singulares y bellas del mundo, las Islas Galápagos, y mostrarnos sus virtudes a modo de documental: su orografía volcánica, tortugas gigantes, iguanas marinas, pinzones y otros especímenes únicos.
 Es una película fiel al cine de aventuras, adulta y seria, que no cae en  concesiones para la masa como la estrenada el mismo año, Piratas del mar caribe (2003) y sus posteriores secuelas, sin historia de amor metida con calzador ni chiste fácil y atenta a otras cuestiones, como mostrar la dura vida a bordo o los peligros que esconde el mar. En definitiva, una película que mantiene la esencia del cine  de aventuras de buena calidad sin perder por ello una pizca de entretenimiento. Todo un clásico no reconocido del cine moderno.

La tripulación de la Surprise:

Russell Crowe es el Capitán Aubrey

Paul Bettany es el Doctor Maturin

James D'Arcy es el teniente Tom Pullings

Lee Ingleby es el guardiamarina Hollom

Robert Pugh es el oficial de derrota Allen

Bryan Dick es el ayudante de carpintero Nagle

David Threlfall es Killick el cocinero

George Innes es el marinero de primera Joe Plaice

Max Pirkis es el guardiamarina Blakeney

Billy Boyd es el timonel Bonden

martes, 17 de agosto de 2010

Bandas Sonoras: La Misión

Entre el calor y la humedad, el espesor de la selva y el tronar de las cataratas del Iguazú, las más bellas notas de oboe que puedan oír en sus vidas se alzan descontextualizadas, un instrumento occidental en medio de la selva paraguaya (lógica y a su vez hermosa metáfora del choque de culturas entre españoles y americanos), oído por unos impresionados guaraníes que se acercan con cautela al origen de tan extraña y bella melodía, un barbudo hombre blanco sentado sobre una piedra tocando dicho artefacto.

De esta manera, aparecen las primeras notas de "Gabriel's oboe", uno de los temas principales de la banda sonora de La Misión (1986), compuesta por el eterno Ennio Morricone. El público, acostumbrado a asociar su música con Monument Valley y el desierto de Almería, quedó sorprendido y se rindió a sus pies. Y yo también por supuesto. La Misión no hizo más famoso a Morricone, pero si que le consagró como uno de los mejores compositores de bandas sonoras de la historia, sino el mejor (frikis de John Williams, las bandas sonoras de Superman e Indiana Jones molan, pero son igualitas, y Tiburón son dos notas).

Además de este tema, merecen la pena destacar, dentro de lo inmejorable del conjunto, "On earth as it is in heaven", el de los famosos coros y mil veces escuchado en televisión, "Falls" y "Ave María Guaraní", este último interpretado por un coro infantil de voces angelicales con las que a muchos se les pondrá la piel de gallina. La inmensidad de Morricone quedó plasmada en esta obra maestra de los ochenta que supo conjugar ritmos étnicos y melodías religiosas acompañados de la London Philarmonic Orchestra y el coro de Barnett's School.
Dos años después, el genio romano volvería a lucirse en Cinema Paradiso, pero eso es otra historia.


viernes, 13 de agosto de 2010

La Compañía Estable de John Ford

A John Ford siempre le gustó tener un actor fetiche que interpretara los papeles protagonistas de sus películas. De sobra son conocidas las colaboraciones, primero de Henry Fonda, y después de John Wayne, para los que este trabajo conjunto fructificó en sus mejores obras, sobretodo para el segundo, y para el director, al ser las películas en las que aparecían ellos las más reconocidas de Ford. Sin embargo, no soló acudía con frecuencia a Wayne y Fonda sino que, para completar el reparto, solía tener una serie de actores, además de amigos, con los que se apoyaba para rodar la gran mayoría de sus films. Este elenco de secundarios eran conocidos como la "Compañía Estable de John Ford" y, quizás, sus nombres no nos suenen demasiado: Jack Pennick (41 películas a sus espaldas con Ford, aunque la mayoría sin acreditar), Ward Bond (24), Victor McLaglen (12), John Carradine (11) o Hank Warden (8) entre otros muchos, pero sus rostros, tal vez, sí nos sean familiares, pues todos ellos aparecen, al menos, en una de estas tres películas: La Diligencia (1939), El Hombre Tranquilo (1952) o Centauros del Desierto (1956). Muchos de ellos alcanzaron fama y prestigio, como Ward Bond o John Carradine, llegando a trabajar para otros directores de renombre, pero otros sólo encontraron trabajo de la mano de Ford, quien supo dotarles de papeles que les sentaban como un guante y, además, al disponer casi siempre de ellos, el maestro se evitó quebraderos de cabeza a la hora de compatibilizar fechas para los rodajes. 


De izq. a dcha., Victor McLaglen, Hank Worden, John Carradine, Jack Pennick y Ward Bond

martes, 10 de agosto de 2010

Saul Bass, el genio de los títulos de crédito

Antes de la llegada de Bass a los estudios hollywoodienses, allá por los años cuarenta, los títulos de crédito conformaban una mera información cuyo objetivo era simplemente hacer llegar al espectador quién era la estrella de turno que protagonizaba la película, el reparto y el resto de componentes que hicieron la película. Todavía hoy siguen cumpliendo dicha función, pero cada vez más vemos créditos muy bien trabajados y originales, a bote pronto se me ocurren los de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), con esa cadena de montaje tan del estilo de Tim Burton. Sin embargo, fue Saul Bass el primero en transformar los títulos de crédito en todo un arte (además de los posters). Estos se desmarcaban de la línea habitual , es decir, una simple imagen ( o varias que se sucedían), una canción, normalmente el tema principal de la banda sonora, y los títulos en sí mismos superpuestos y encadenados. Bass se convirtió en un revolucionario con unos créditos muy dinámicos que entremezclaban dibujo con imagen real, dándole una gran importancia al uso concienzudo del color y de la forma geométrica, consiguiendo una atmósfera premonitoria que encandilaban al espectador y le hacían meterse de lleno en la película. Pronto los más grandes directores se fijaron en su labor, como Hitchcock, Preminger, Donen o Scorsese, quienes le contrataron en varias ocasiones. Sin embargo, lo mejor de la obra de Bass es que todavía conserva la misma originalidad y frescura que hace cincuenta años, como podemos comprobar en las múltiples veces que ha sido imitado y homenajeado. Entre lo mejor de su filmografía destacan los créditos de Vértigo (1958), Anatomía de un asesinato (1959), Éxodo (1960) o Casino (1995).
Aquí os dejo los créditos de la película Charada (1963), y más abajo, el enlace de unos créditos que me encantan, los de la película de Spielberg Atrápame si puedes (2002), donde se puede observar claramente su influencia.


http://www.youtube.com/watch?v=gaLDyrun_Cc&feature=related

viernes, 6 de agosto de 2010

Ray Harryhausen, el padre de la criatura

Han sido muchos, como Jim Henson, con El Cuentacuentos, Los Fraggel o Barrio Sésamo, o Hanna y Barbera con Scooby Doo o Los Autos Locos, los que en ese medio que a veces despreciamos, no sin razón,  llamándolo caja tonta, nos han regalado tantos buenos momentos y con los que los de mi generación han crecido. Hoy me he acordado de una serie de películas que he visto últimamente que, en líneas generales, son de dudosa calidad, y más para los que ya no somos tan niños, pero que si las hubiera visto en su momento, de crío, como las que he citado, otro gallo cantaría, y seguro que tendría un grato recuerdo de ellas. Me refiero a las películas en las que trabajó Ray Harryhausen, uno de los maestros del stop motion, una técnica con la que hacía que se movieran objetos estáticos a través de una serie de imágenes fijas sucesivas. Estas películas, como ya he dicho, eran bastante chapuceras, con unos actores de coña y guiones de la tómbola "El maño", pero a ojos de un pipiolo eran aventuras en estado puro y fantasía. Lo mejor de ellas eran los monstruos creados por Harryhausen, como la medusa, el titán o el búho de Furia de titanes (1981) o el cíclope de Simbad y la princesa (1958), todos ellos con un encanto excepcional, gracias al diseño de las propias criaturas como a la sensación de movimiento a trompicones que da el stop motion. A mí, personalmente, los que más me sorprendieron fueron los esqueletos de Jasón y los Argonautas (1963), aquí os dejo el vídeo de la secuencia (a partir del minuto 1:25), el mayor derroche de talento de Ray, uno de los mejores técnicos de animación que han existido y existen, pues a sus 90 años se mantiene en pie, pero sin dar mucha guerra, con los efectos especiales a ordenador y a su edad, el hombre anda retirado desde 1981, no volviendo a participar en ninguna película.      
                          

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