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jueves, 20 de diciembre de 2012

El Hobbit: Un viaje inesperado

Peter Jackson regresa a la Tierra Media para adaptar El Hobbit, la novela de aventuras que precedía y adelantaba ciertos aspectos que cobrarían mayor importancia en la trilogía épica publicada en 1954, diecisiete años después, El Señor de los Anillos. El Hobbit cuenta cómo Bilbo Bolsón se une a Gandalf y a una compañía de enanos encabezada por Thorin Escudo de Roble para recuperar Erebor, la Montaña Solitaria, en manos del malvado dragón Smaug, y de cómo Bilbo encontró el Anillo Único, eje sobre el que gira la trama de El Señor de los Anillos.

Esta adaptación es bastante fiel al libro, más que El Señor de los anillos, pero no por ello mejor que cualquiera de las películas de la trilogía. Esta fidelidad no se debe a un mayor aprecio por la novela de El Hobbit. Jackson decidió, con un afán meramente recaudatorio, adaptar un relato de 300 páginas en tres películas de casi tres horas cada una, mientras que la novela El Señor de los Anillos cuadruplica esta extensión. De ahí que El Hobbit cuente cada pasaje de la novela con pelos y señales, recreándose, estirando la historia, mientras que en la trilogía se echa en falta a Tom Bombadil, Glorfindel, Ghan Buri Ghan y tantos otros personajes que enriquecen la novela. No obstante, no creo que El Señor de los Anillos sea una mala adaptación cinematográfica. Al revés. Es bastante buena, de hecho creo que mejor que El Hobbit, pues Jackson mete el tijeretazo a episodios y personajes que adornan la historia, pero ni son determinantes ni aportan nada relevante a la trama y, además, ralentizarían el ritmo y lo harían sólo soportable para aquellos que son muy fans de la saga. 

El Hobbit no obvia ni un sólo punto ni una coma, y ese es su gran defecto. Es la película hecha por un freak para los freaks de Tolkien, ávidos por ver en pantalla cada parte del libro, cada personaje, cada detalle. A Jackson no parece importarle el espectador medio, ni el cinéfilo, sólo las hordas de incondicionales que se disfrazan de enanos para ir al cine. Esta pretensión por la "adaptación perfecta" queda deslucida cuando te olvidas de los personajes, de su desarrollo, de que no sean planos e inútiles. ¿Quién es Bifur? ¿Quién es Óin? ¿Y Glóin? Queda deslucida cuanto te olvidas de la estructura narrativa, de darle una coherencia a cada escena. ¿Es necesaria la escena de los gigantes de piedra? ¿Es necesaria la presencia de Galadriel?. Y, sobre todo, queda deslucida cuando te obsesionas por la espectacularidad y la pirotecnia. Acción no es sinónimo de ritmo, y menos si esta acción no es verosímil. No sirve escudarse en que El Hobbit es un film de aventuras y fantasía para dar carta blanca al "todo vale". ¿Acaso no es lamentable cómo Elrond descifra el mapa de Thorin? ¿Y cómo el episodio de las Montañas Nubladas se convierte en un parque de atracciones lleno de carambolas y piruetas absurdas? Tan reprochable como el patinete de Legolas. O ver a los elfos en el Abismo de Helm.

Salva los muebles Bilbo (Martin Freeman), un personaje mucho más interesante que Frodo, interpretado por un actor con una particular vis cómica y con mucho más recursos, y la desternillante escena de los acertijos, con el siempre genial Gollum (Andy Serkis). También Thorin (Richard Armitage), Balin (Ken Stott) y, cómo no, Gandalf (Ian McKellen). Son personajes con un fondo y una forma, un pasado y un objetivo, sabes qué es lo que los mueve, por qué y hacia donde van.
La música de Howard Shore es reiterativa, excepto por la nueva canción de los enanos, pero necesaria, pues El Hobbit y El Señor de los Anillos comparten personajes identificados con determinados temas de la banda sonora.

Definitivamente, es una película fallida. No defraudará a los fans, pues está todo en ella, pero el espectador menos familiarizado se perderá entre tanto enano y tanto ir y venir, y el más exigente no tolerará un guión lleno de licencias, personajes superfluos y escenas intrascendentes.

Martin Freeman es Bilbo Bolsón
Ian McKellen es Gandalf
Richard Armitage es Thorin
Ken Stott es Balin
Andy Serkis es Gollum

jueves, 9 de agosto de 2012

Robin y Marian

Ni la versión de Kevin Reynolds con Kevin Costner (Robin Hood, Príncipe de los Ladrones, 1991), puro entretenimiento y espectáculo, ni la de Ridley Scott con Russell Crowe (Robin Hood, 2010), que de realista es fría, sin sentimiento, ni tan siquiera la de Michael Curtiz con Errol Flynn (Robin de los Bosques, 1938), cándida y anticuada. La mejor versión de la leyenda del ladrón que robaba al rico para dárselo al pobre tiene la firma de Richard Lester, con Sean Connery como el inefable Robin de Locksley.

Lester plantea un Robin de vuelta de todo, entrado en años, que regresa a Inglaterra de las cruzadas harto de guerras y cansado por la edad. Mientras, Lady Marian (una excelente Hepburn con su belleza intacta en la madurez) permanece recluida en un convento desde que Robin la abandonó, sin que ella pudiera comprenderlo, por un mundo muy lejano lleno de muertes y de locura. El resto de personajes, Little John, Will Scarlett...también se enfrentan, como pueden y a su modo, al crepúsculo de sus vidas. 

A partir de este original planteamiento, vemos como el mito se tambalea pero el romanticismo primigenio no sólo se mantiene inalterable, sino que roza niveles que el resto de propuestas no logran alcanzar. La historia de Robin y sus amigos contra la tiranía del rey Juan cede parte de su protagonismo a una de las historias de amor más bellas y penetrantes, la que nos regalan Connery y Hepburn, inmensos, en estado de gracia. El otro ángulo del triángulo amoroso lo pone Little John (Nicol Williamson). Ya no es sólo el compañero que sigue a Robin tras pelear con palos en un puente. El pequeño John oculta el sufrimiento por su amor a Marian para salvaguardar la inquebrantable amistad que le une a Robin. Y es que además están los quince minutos de Richard Harris, con una portentosa (como siempre) interpretación del vil y sanguinario Ricardo Corazón de León, ajeno al falso mito implantado por el cine anglosajón. Y Robert Shaw claro, un Sheriff de Nottingham rico en matices, no el recaudador sin escrúpulos de siempre. La relación de Nottingham y Robin es de respeto y admiración mutua, aún sabiendo que el enfrentamiento entre ambos será ineludible.

El broche final de esta maravillosa película lo cierra una preciosa secuencia que, sin duda, refleja como ninguna el amor incondicional y eterno de Robin y Marian, logrando no sólo, como dije, la mejor versión del mito, también una de las historias de amor más bonitas que el cine nos ha dejado.

Richard Harris es Ricardo Corazón de León

Robert Shaw es el Sheriff de Nottingham

Nicol Williamson es Little John

Sean Connery y Audrey Hepburn

sábado, 28 de julio de 2012

Bandas Sonoras: Conan el Bárbaro

El director John Milius, encargó al compositor griego Basil Poledouris la partitura para Conan el Bárbaro (1982), un acierto incuestionable, ya que concibió una de las obras musicales más bellas y épicas del cine que recuerdo. Sería desmesurado decir que es la mejor banda sonora para una película de aventuras, pero no me cabe ninguna duda de que se encuentra entre las mejores, aunque bien es cierto que la película, que me gusta, no está ni mucho menos a la altura de la banda sonora.

Milius le concedió a Poledouris plena libertad para componer previamente y sin necesidad de tener las escenas de la película. La única premisa era que fuera una música de corte clásico y orquestal con pinceladas que evocaran a Stravinski, Wagner y Prokofiev, totalmente opuesta a las intenciones del productor Dino de Laurentiis, más orientadas a un estilo kitsch, un pop eléctronico cargado de sintetizadores y que, por suerte, no consiguió convencer a Milius. De esta manera, director y compositor articulaban la partitura con las escenas una vez estaban rodadas, y daban los retoques necesarios a la música para que se ajustara a su gusto.

Aunque el conjunto sea más que notable, siempre hay alguna canción por la que se siente especial predilección. En concreto destacaría Prologue/Anvil of Crom, quizás el más conocido, un tema capaz de conjugar oscuridad con la cavernosa voz en off, brutalidad al irrumpir la percusión y lirismo y belleza al son de los violines. Otra pieza importante, Theology/Civilization, utilizada con frecuencia en anuncios para la televisión, es seguramente una de las más espirituales y emotivas de la banda sonora. El tema se incorpora cuando Conan y su amigo Subotai discuten sobre Crom y los Cuatro Vientos, sus dioses, y se desarrolla junto a unas escenas en las que ambos corren por unos paisajes que, gracias a la música, se convierten en pura magia. El tema Riddle of Steel/Riders of Doom, posiblemente el más completo en cuanto a su riqueza instrumentística y la gravedad de sus coros, suena cuando el padre del pequeño Conan, en lo alto de una montaña, le explica cuál es el secreto del acero, y continúa cuando Thulsa Doom y sus guerreros arrasan  la aldea cimmeria de Conan.

El siguiente listado completa esta excelente bso, y el resto de temas están a la altura de los que he querido  resaltar, pero por llevar una coherencia en el espacio que suelo usar para escribir, no las he desarrollado.

  1. "Prologue/Anvil of Crom" - 3:39
  2. "Riddle of Steel" / "Riders of Doom" - 5:38
  3. "Gift of Fury" - 3:50
  4. "Column of Sadness / Wheel of Pain" - 4:09
  5. "Atlantean Sword" 3:51
  6. "Theology" / "Civilization" - 3:14
  7. "Wifeing (Love Theme)" - 2:10
  8. "The Search" - 3:09
  9. "The Orgy" - 4:14
  10. "Funeral Pyre" - 4:29
  11. "Battle of the Mounds (Part 1)" - 4:53
  12. "Orphans of Doom" / "The Awakening" -5:32

sábado, 19 de febrero de 2011

127 horas

Tras triunfar en los oscar de 2008 con Slumdog Millionaire, Danny Boyle retoma la senda del éxito con la nominación de su nueva película, 127 horas. Esta cuenta la historia real de Aron Ralston, un montañista que, en 2003, practicaba senderismo en el cañón Blue John, en Utah, un paraje ídilico para el aventurero más osado, repleto de grutas, piscinas naturales y paredes verticales. En un descuido, Ralston sufrió un desgraciado accidente que le atrapó el brazo derecho bajo una roca. Sólo, sin nadie que supiera de su paradero y sin más pertrechos que  una cámara de vídeo, una cantimplora medio vacía y una navaja, sufriría una pesadilla que duró cinco días.

La dificultad de llevar a cabo una película en la que el protagonista se pasa todo el tiempo atrapado sin poder moverse y, en un intento de no aflojar el ritmo bajo ningún concepto, llevó quizás a Boyle a abusar del uso frecuente de alucinaciones ante la falta de agua y alimentos y de sueños por parte del protagonista, evocando un pasado reciente en el que aparecen sus allegados y personajes ficticios. Una película con una premisa similar, Buried (2010, Rodrigo Cortés), en la que el protagonista, Ryan Reynolds, se encuentra durante todo el metraje atrapado en un ataúd, elude admirablemente la utilización de este recurso. Sin embargo, también es cierto que da muchísimo juego el hecho de que le entierren junto a un teléfono móvil.

Por otro lado, la interpretación de James Franco como el montañista Aron Ralston resulta muy creíble, un actor que había pasado desapercibido para mí en Spiderman (2002, Sam Raimi) y Mi nombre es Harvey Milk (2008, Gus van Sant) y que logra transmitir (también Ryan Reynolds, todo hay que decirlo) la angustia y desesperación que debe sufrir cualquiera al verse en una situación tan límite, al borde de la muerte por inanición y sin posibilidad de escape.
Es, por tanto, una película que logra mantener el pulso narrativo, enganchando al espectador a pesar de ciertas licencias más que discutibles,  y que conecta gracias a uno de sus pilares básicos, la interpretación de  James Franco, logrando al menos hacer honor a la historia de supervivencia del aventurero Aron Ralston.

jueves, 13 de enero de 2011

Rob Roy, la pasión de un rebelde

Siempre me gustó más el personaje de Rob Roy que el de William Wallace, era mucho más humano y veraz, no necesitaba que dijeran de él que echaba rayos por el culo, ni que mataba hombres a cientos, ni siquiera se daba el pego de saber latín, ou français si vous préférez, ejem... Además, Mel Gibson no es Liam Neeson, claro. Un armario empotrado de 1,93 con su espada claymore e intachable protector de su clan era más que suficiente para respetarlo e incluso admirarlo. 
Cuando Liam Neeson se puso la falda del clan de los McGregor era su época dorada: Un Oskar Schindler por aquí, un Michael Collins por allá, ahora me ficha Woody Allen... estaba en su plenitud interpretativa. A los que nos encanta, nos tenemos que conformar ahora con papeles de medio pelo en Los próximos tres días (2010), El Reino de los cielos (2005), ponerle voz a un león en Las Crónicas de Narnia (2005)... migajas.

Robert Roy McGregor no acaudilló grandes ejércitos, tan sólo era el jefe de un clan. Debía dinero al  imperturbable Duque de Montrose (John Hurt). Como no podía afrontar la deuda le echó encima a Tim Roth, un sádico y lascivo caballero de nombre Archibald Cunnigham que convierte a Rob Roy en un fuera de la ley, ensañándose con su familia como castigo. De esta manera, nos queda una estupenda película de aventuras con un héroe nada excepcional, con un honor ultrajado y una venganza que cumplir, un malo malísimo, un amor (sería un pecado olvidarme de Jessica Lange, más bella que nunca y tan buena actriz como siempre) al que proteger y un duelo final entre Neeson y Roth de traca, una violenta lucha en la que se conjugan la brutalidad de un pastor escocés y los ágiles movimientos de un consumado espadachín de salón. Como se puede comprobar, un clásico ajustado a los cánones del género. No podía  (ni debía) ser de otra manera, al tratarse de la adaptación de la novela de Walter Scott, que por cierto, no he leído.

Aun así, Rob Roy no es una película típica, pues posee aspectos que la diferencian y, a día de hoy, creo que la harían inviable, y es que no es una película dirigida a todos los públicos. Michael Caton Jones no buscó hacer un producto masivo, tampoco elitista, no deja de ser una película de aventuras, sino que sacrificó llegar a un público mayoritario en beneficio de cierta calidad. Y es que si hoy día se estrenara una película similar, lo mismo no estaría protagonizada por un cuarentón semidesconocido, quizás veríamos a Orlando Bloom o a Robert Pattinson. Tampoco sería Jessica Lange la protagonista, claro, sino Megan Fox o Jessica Alba. Y lo más importante, creo, la película no se anda por las ramas, y tiene ciertas dosis de violencia que los productores no dejarían pasar más allá de la sala de montaje siendo una película dirigida a todos los públicos.
Por todo esto, sus actores, aroma clásico al cine de aventuras y cierto toque distintivo, creo que hacen de Rob Roy una película interesante, digna de ver y comparar con el cine de aventuras actual, más centrado en lo épico y espectacular, que estaría fenomenal si no pusieran tanto empeño en ofrecer productos vacíos de contenidos.

Liam Neeson es Rob Roy
Jessica Lange es Mary
Tim Roth es Archibald Cunnigham
John Hurt es el Duque de Montrose

lunes, 20 de diciembre de 2010

Raoul Walsh

Con aires casi aristocráticos y elegante porte, Walsh derrochaba estilo con la clase que le conferían sus accesorios: bastón, pañuelo en el pecho, bigotillo y, sobre todo, un parche negro en el ojo, que delataba la importancia que le daba  a una más que cuidada imagen, pues no era tuerto, siendo uno de los míticos directores que llevaban parche sin serlo, como André de Toth (el único que sí lo era), John Ford o Fritz Lang, al que también le dio por ponerse monóculo. 
Desde que se puso manos a la obra con el cine mudo, Walsh  mostró su inigualable calidad tras las cámaras, primero siendo habitual colaborador en las películas de D.W. Griffith, y años más tardes tomando personalmente el mando en obras como El ladrón de Bagdad (1924), una adaptación personal de los relatos de Las mil y una noches y Los amantes de Carmen (1927), con Victor McLaglen haciendo de torero. Estas películas fueron tan sólo un anticipo de lo que después vendría con la llegada del cine sonoro, dándose a conocer como un director de género, pero del género que le diera la gana, ya fuera western, bélico, drama, cine negro... cualquiera de estos campos dominaba con inusitada soltura, sacándose de la chistera verdaderas obras maestras y haciendo olvidar  de un plumazo el adjetivo de artesano, utilizado tan a menudo para menospreciar a algunos directores. 
En cuanto al cine de aventuras, realizó dos películas ambientadas en el mar protagonizadas por Gregory Peck, El hidalgo de los mares (1951) y El mundo en sus manos (1952), esta última con un humor un tanto ingenuo y simple que se hace hasta incómodo, pero buena película al fin y al cabo, y con un Anthony Quinn maravilloso haciendo de El Portugués. 
Con Errol Flynn, uno de sus actores fetiche,  hizo un buen puñado de películas y ninguna mala. Desde la biografía del boxeador James J. Corbett en Gentleman Jim (1942) hasta Objetivo: Birmania (1945), en la que acorralaba a Flynn en una jungla atestada de japoneses, pasando por otro film bélico como Jornada Desesperada (1942) y, para mi gusto, la mejor película de ambos: Murieron con las botas puestas (1941), en la que se realiza un tratamiento romántico de la figura del general Custer, un héroe para algunos y un loco asesino para otros. 
También supo moverse con excelencia en el cine negro, retratando la imagen de los más ambiciosos gángsters durante la época de La Ley Seca, como el interpretado por James Cagney en Los violentos años veinte (1939) y, retomando la misma senda diez años después en Al rojo vivo, de nuevo con un Cagney, si cabe, más visceral y agresivo.  
Imagino que alguna película mala tendrá dentro una filmografía de más de cien películas, sin embargo, he tenido la buena suerte de no tropezarme con ninguna. No estaría muy sano si me las hubiera visto todas, pero de las siete u ocho que sí vi, puedo decir que la peor que he visto era entretenida y, si algún día me encuentro con algún pestiño con su firma, dudo mucho que desluzca una filmografía al alcance de pocos.  

viernes, 19 de noviembre de 2010

Indiana Jones

Me gustaría hablar en esta entrada de, quizás, el culpable de que muchos hicieramos la carrera de historia y ahora estemos en el paro, casi tanto como el amigo Zapatero o el "sistema económico mundial" que nos han traído esta crisis tan rica. ¡Cuántos pensaríamos de niños que la historia era tan sólo batallitas entre reyes medievales o el desembarco de Normandía, y la arqueología la búsqueda de tesoros mientras te persiguen por la selva hordas de indígenas que sólo piensan en cocinarte en una olla!.
Bromas aparte, tengo claro que me encanta mi carrera y, si pudiera, la volvería a hacer, el doctor Jones supuso el héroe por excelencia de miles de niños en los 80 y 90. Los artífices, Lucas y Spielberg, crearon a un arqueólogo que más que dar clases buscaba ídolos mayas, reliquias cristianas, viajaba a los lugares más remotos y exóticos tropezando con mil desafíos y, además, le sobraba tiempo para ligar. Con su clásico traje de faena, cazadora de cuero, fedora, pistola y látigo, y en el rostro media sonrisa y barba de tres días, no necesitaba más para despachar a cuantos nazis se le pusieran por delante.
En su primera aventura, En busca del arca perdida (1981), huía de una roca gigante en la selva, se enfrentaba por primera vez a los nazis y a sus odiadas serpientes, siempre acompañado por su amor platónico, Marion. En las dos películas siguientes, El templo maldito (1984) y La última cruzada (1989), Indiana se confirmaba como el héroe juvenil, manteniendo el respeto al género de aventuras, con nuevos compinches que daban un mayor toque de humor a la saga, como el niño chino Tapón y el padre de Indy, Sean Connery, pasando a ser una trilogía ya clásica.
De esta manera, se convirtió en todo un fenómeno de la historia del cine similar a Stars Wars, con miles de fans por todo el mundo, que pedían enloquecidos una cuarta entrega de su arqueólogo favorito. Ésta llegó, posiblemente, algo tarde. En 2008, Indiana volvió a coger el látigo en El reino de la calavera de cristal, ya entradito en años y con canas, en una historia aderezada por mitos como El Dorado, comunistas en vez de nazis y extraterrestres, una mezcla que no gustó a casi nadie. En mi opinión, el problema era que la mayoría de los fans ya no eran los niños que descubrieron maravillados al doctor Jones y mitificaron la trilogía, pasando por alto la poca verosimilitud que contenía, y ya con ojos de adulto, no perdonaron a la última precisamente esto. O quizás no, y la cuarta era bastante mala. En cualquier caso, me apunto a los rezos de Harrison Ford para que hagan una última más. ¡Por la aventura y por Indiana Jones!

jueves, 26 de agosto de 2010

El Demonio de Tasmania

Errol Flynn y la Bardot, compartiendo refresco cariñosamente
Quizá sean los dos personajes más famosos de la isla de Tasmania: Taz, el monstruo de la Warner Bros y Errol Flynn... ¿Pero qué digo? La mayoría de las películas de Errol Flynn eran de la Warner. Sí, los dos tienen más similitudes de lo que pensaba. Oriundos del mismo pedazo de tierra australiana, el mismo odio por el agua (uno por falta de higiene y el otro por su pasión por las bebidas destiladas) y el mismo amor por la carne (wikipedia en mano, el monstruo de Tasmania es de los animales más carnívoros del mundo y a Flynn le gustaban más las mujeres que a un tonto un lápiz). Pero centrémonos en el demonio de Tasmania de carne y hueso.

El australiano fue un actor consciente de sus limitaciones, nunca se atrevió a abordar papeles drámaticos ni se desmarcó de su rol de héroe perpetuo. No obstante, contaba con la admiración del público, que acudía en oleadas a ver sus películas atraídos por su personalidad, belleza y sonrisa de truhán (algunos quisieron comparar a Orlando Bloom con Flynn, hasta que comprobaron que incluso un percasol podría tener el doble de carisma que él). Comparaciones aparte, las películas de Errol estaban cortadas bajo el mismo patrón. Nuestro héroe saltarín se calzaba las mallas para rescatar a la princesa de turno (normalmente Olivia de Havilland) y en un duelo final, tras varias piruetas y saltos mortales, derrotaba con la espada a su enemigo. Esta fascinación del público por el Flynn ficticio era alimentada por la leyenda que rodeaba al Flynn real: casado tres veces, infidelidades, orgías, drogas duras, pederastia... Muchas de estas afirmaciones eran ciertas, otras no tanto. De él se llegó a decir que fue espía nazi durante la Segunda Guerra Mundial, algo cuanto menos dudoso, pues quedó clara su ideología política cuando viajó a España durante la Guerra Civil para mostrar su apoyo y dar ánimos a las Brigadas Internacionales.

Tras una vida rota por el alcohol y las drogas, el autodestructivo Flynn murió de un infarto con sólo 50 años. Estuvo sembrado en Robin Hood (1938), Murieron con las botas puestas (1941) y Gentleman Jim (1942) y, gracias a ellas, su legado y estrella hollywoodiense permanecen intactos y relucientes, a pesar de él mismo.

viernes, 20 de agosto de 2010

Al otro lado del mundo


Master & Commander huele a mar y sabe a sal, el viento reseca la piel y el oleaje hace crujir las cuadernas del barco. En la cubierta se respira  pólvora y sudor, y la sangre y el agua dificultan el equilibrio. Master & Commander es realismo, es una bodega llena de ratas y piojos, de brazos amputados,  cuerpos mugrientos y trabajo duro, todo ello condicionado por la estrechez de los espacios. También es candidez clásica, no reniega de El Capitán Blood (1935) ni de Rebelión a bordo (1935), la mayoría de los personajes rezuman honor, lealtad y vitalidad, y el principal, Jack "el Afortunado" Aubrey (Russell Crowe) se presenta como un capitán muy paternal, afable por las buenas y severo, sin un ápice de crueldad, por las malas.

Por otra parte, es una película de dualidades. Nuestro barco, la fragata inglesa "Surprise" persigue al "Acheron", un barco francés de la marina de Napoleón que dobla en hombres y potencia de fuego a la "Surprise".  Dentro de ella tenemos a nuestros protagonistas, el ya mencionado Capitán Aubrey y su mejor amigo el Doctor Stephen Maturin (Paul Bettany). El primero es un hombre hecho a la mar, recio, disciplinado y con una educación militar. El segundo es científico, amante de la naturaleza, con ideas anarquistas y enemigo de la jerarquía. El roce será evidente y cada vez más acusado a lo largo de la película, pero tendrá su tregua gracias a una pasión que los une, tocar en sus ratos libres el violonchelo y el violín. Además, tendremos una tripulación curtida e inspirada por el ardor guerrero, pero a su vez temerosa del mal fario y de que aparezca entre ellos un gafe que atraiga tormentas, arrecifes o calma chicha, un Jonás según el credo del marinero.

Durante la cacería, tendremos como excusa  el reabastecimiento de provisiones para desembarcar en unas de las islas más singulares y bellas del mundo, las Islas Galápagos, y mostrarnos sus virtudes a modo de documental: su orografía volcánica, tortugas gigantes, iguanas marinas, pinzones y otros especímenes únicos.
 Es una película fiel al cine de aventuras, adulta y seria, que no cae en  concesiones para la masa como la estrenada el mismo año, Piratas del mar caribe (2003) y sus posteriores secuelas, sin historia de amor metida con calzador ni chiste fácil y atenta a otras cuestiones, como mostrar la dura vida a bordo o los peligros que esconde el mar. En definitiva, una película que mantiene la esencia del cine  de aventuras de buena calidad sin perder por ello una pizca de entretenimiento. Todo un clásico no reconocido del cine moderno.

La tripulación de la Surprise:

Russell Crowe es el Capitán Aubrey

Paul Bettany es el Doctor Maturin

James D'Arcy es el teniente Tom Pullings

Lee Ingleby es el guardiamarina Hollom

Robert Pugh es el oficial de derrota Allen

Bryan Dick es el ayudante de carpintero Nagle

David Threlfall es Killick el cocinero

George Innes es el marinero de primera Joe Plaice

Max Pirkis es el guardiamarina Blakeney

Billy Boyd es el timonel Bonden

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