jueves, 23 de febrero de 2012

The Plague Dogs

Lamentablemente, es poco el cine de animación que conozco más allá del que ha producido Disney, Pixar, Fox, Dreamworks, etc. desde que el cine es cine. Indagando un poco, y sobre todo buscando una alternativa al anime japonés, no porque sea un gran conocedor del msmo, ni mucho menos, sino más bien por saciar la curiosidad de qué se hace en otros lugares, de qué son capaces otras mentalidades. Tampoco es que sea muy diferente el cine británico del norteamericano, hablando siempre de generalidades, con el peligro que conlleva meter a todos en el mismo saco, y en este caso la apuesta del director Martin Rosen, ya alejada en el tiempo (1982), resulta muy buena y novedosa, por lo que me extraña que no se haya seguido la senda marcada por él, o al menos hasta el punto que yo conozco, tal vez por el poco atractivo de la propuesta para un público infantil, aunque bien es cierto que el cine de animación cada vez es menos infantil de la manera en que se hacía, pongamos, veinte años atrás.

El argumento se centra en las calamidades sufridas en la huida de dos perros (Rowlf y Snitter) que se encuentran enjaulados en un laboratorio donde los hombres someten a todo tipo de animales a los más abominables experimentos en pos de la ciencia. Más que la trama o el dibujo, nada desdeñables, los puntos fuertes de la película residen en el tratamiento de los personajes que protagonizan la historia: los animales y el ser humano. Los primeros, por fin, son tratados de una forma totalmente alejada del patrón establecido por la factoría Disney y que impera en el cine de animación más convencional. Esos animales que actúan y piensan como seres humanos son ajenos a esta película, son perros, por tanto animales, la razón no tiene cabida y da paso al instinto animal. Además, el ser humano es representado de manera impersonal, a las personas que aparecen no se les ve el rostro, por lo que no hay ningún individuo en concreto que encarne el mal, sino el hombre como especie. Es él con su poder de raciocinio el que trata con vileza e insensibilidad a los demás miembros del reino animal.

Sin duda, es esta la característica que mejor define la película de Martin Rosen, y que debe mucho a la obra literaria de Jack London (del que ya hice referencia en la entrada de La Princesa Mononoke), en concreto a La llamada de lo Salvaje, esa magnífica historia de Butch, un san bernardo que, viviendo feliz con su amo, es raptado por un hombre violento y maltratador, y llevado como perro de tiro a las tierras heladas del Yukon. Esa es la esencia de The Plague Dogs, una denuncia a las cotas de irracionalidad que puede alcanzar el ser humano, demostrando que el hombre, por muy civilizado que se muestre, es el animal más salvaje de la Tierra.

sábado, 17 de diciembre de 2011

The Wild Blue Yonder

Esta es la segunda incursión que realizo en la singular y, muchas veces, estrafalaria filmografía de Werner Herzog, un director que, ni mucho menos, se encuentra entre mis favoritos pero, para bien o para mal, tiene una gran capacidad para sugestionarme y no dejarme indiferente, y por ello le admiro. 

La primera entrada fue sobre el documental Grizzly Man, la historia de Timothy Treadwell, aquel chiflado que amaba tanto a los osos grizzlies que, junto con su novia, murió devorado por uno de ellos. Esta vez, Herzog se apoya en el subgénero conocido como falso documental, para contar la historia de un alienígena (Brad Dourif, conocido por sus papeles de Lengua de Serpiente en El señor de los anillos y Doc Cochran en la serie Deadwood) que denuncia desde la Tierra cómo su planeta de la galaxia Andrómeda ha desaparecido y los de su especie intentaron sin éxito colonizar la Tierra. Además, critica como los hombres están cayendo en los mismos errores que los de su especie y cómo intentan, en vano, buscar una alternativa a un planeta exhausto por la sobreexplotación humana.

Lo realmente interesante del film se encuentra en el uso de imágenes de hechos reales en una historia ficticia y fantástica, cambiando por completo su significado, logrando escenas verdaderamente subyugantes que hipnotizan por la música que emplea y la belleza de las mismas, como las de los astronautas en el espacio o las escenas de los buceadores bajo esa onírica atmósfera acuática. El único pero radica en que, por momentos, abusa de este recurso, consciente de su validez y calidad, cayendo en la reiteración.
Por lo demás una película que, a los que les gusten las salidas de tono del amigo Herzog, no decepcionará, e incluye un par de gags marca de la casa.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Espartaco


Esta entrada de hoy es una antigua crítica que tenía publicada en la web filmaffinity. La he retocado un poco, básicamente porque nunca quedo contento del todo con el resultado final de las entradas, y si no me pusiera impedimentos a mí mismo, estaría cambiándolas hasta el día del juicio. De todas formas, esta crítica lo requería, aunque en esencia sigue siendo la misma. 

Creo que Espartaco fue la cuarta o quinta película que dirigió Stanley Kubrick. Por aquel entonces no debía ser un director consolidado y aun estaba bajo la férrea intransigencia de los productores y Kubrick no podía ser Kubrick, demostrar todo lo que llevaba dentro. Normalmente esta situación no es en absoluto positiva, pues no permite aflorar el talento del genio, pero en mi opinión, "Espartaco" es la mejor película de Kubrick, me gusta mucho más que otras películas consideradas mas kubrickianas como La naranja mecánica (1971) o El resplandor (1980). Y el tanto se lo debe anotar Issur Danielovitch Demsky, conocido artísticamente como Kirk Douglas, un judío americano de padres rusos que fue el productor ejecutivo, y antes de contratar a Kubrick, puso bajo la dirección a Anthony Mann, al que despidió para conseguir esta obra maestra, que pasará a la historia como la mejor película "peplum" que ha parido el séptimo arte.

Douglas y Kubrick, en el rodaje de Espartaco
La lucha de un esclavo que se rebela contra el poder de Roma para liberar a los oprimidos fue la historia perfecta para encumbrar a Douglas como uno de los grandes iconos de los cincuenta y de siempre. Las intenciones de Espartaco fueron dirigidas hacia la liberación de los esclavos de la península itálica para después poder huir de la misma y así tener una vida digna más allá de las fronteras del Imperio Romano. Su sacrificio contribuyó a la caída del sistema esclavista romano y, a partir de entonces, la vida del esclavo romano sería distinta.

Al margen de la valía de la película como testimonio histórico, las interpretaciones resultan fabulosas, llevadas a cabo por reparto difícilmente igualable: Kirk Douglas, Jean Simmons, Laurence Olivier, Charles Laughton, Peter Ustinov, Tony Curtis, Woody Strode...
La duración del film (unas 3 horas) se compensan con el ritmo de la película, que alterna las escenas en Roma en las que el senado debate qué hacer con Espartaco, con las del propio Espartaco arrasando todo lo que encuentra a su paso, hasta finalizar con el trágico final en Apulia.
Además, la película alberga una de las mejores escenas de la historia del cine, en las que los fieles seguidores de Espartaco corean la célebre frase "Yo soy Espartaco"... una escena mítica que a servidor todavía le pone los pelos como escarpias. Una película emocionante, trepidante y muy humana que sin duda está entre las 20 mejores películas de la historia.

martes, 27 de septiembre de 2011

Christopher Plummer

Como la gran mayoría de actores consagrados, su éxito cinematográfico vino precedido de una extensa carrera teatral, forjándose con los textos de Shakespeare y de los clásicos griegos. Comenzó a tener reconocimiento, bien por sus interpretaciones, el éxito entre el público de la película o bien por la calidad de la misma, a raíz de su intervención en La caída del Imperio Romano (Anthony Mann, 1964). Su papel de Cómodo no pasó desapercibido entre tanta estrella, una composición más comedida comparada con la de Joaquin Phoenix en Gladiator (2000) en una historia con muchos puntos en común.


No obstante, la película por la que siempre será recordado es Sonrisas y lágrimas (Robert Wise, 1965), donde dio vida al Capitán Von Trapp, un estricto militar que educa a sus hijos como tal, pero desde que enviudó, decide encargar la educación de sus hijos a una institutriz, Julie Andrews, de la que quedará prendado. El apuesto capitán se convirtió en su papel más mítico, con el que se atreve incluso a cantar y tocar la guitarra. Fruto de un éxito bien digerido, Plummer continuó por esta misma senda con El hombre que pudo reinar (John Huston, 1975), en la que pudo hacerse un hueco  entre los gigantes Sean Connery y Michael Caine, interpretando a un estupefacto Rudyard Kipling que presta atención, como si del propio espectador se tratara, a la fascinante historia de aventuras que un harapiento Michael Caine le narra.

Plummer en La última estación
Su carrera sufrirá un progresivo deterioro, como les sucedió a tantas primeras figuras de los 60 y 70, en la década de los 80, donde lo único destacable fue su colaboración en la serie El Pájaro Espino (1983). No fue hasta mediados de los 90 cuando consiguió remontar el vuelo, llegando a ser lo que es en la actualidad, uno de los actores secundarios de cierta edad mejor valorados. Prueba de ello es la gran cantidad de películas, la mayor parte grandes producciones americanas, en las que participa, y por las que su rostro es conocido hoy día: Doce Monos (Terry Gilliam, 1995), El Dilema (Michael Mann, 1999), La Búsqueda (Jon Turteltaub, 2004) o El Nuevo Mundo (Terrence Malick, 2005). A pesar de sus 81 años, ha conseguido papeles como protagonista, algo complicado tal y como está hoy en día la industria, ávida de rostros juveniles, y además con un éxito notable. Su interpretación de León Tolstói en La última estación (Michael Hoffman, 2009) le permitió pelear por el oscar, aunque incomprensiblemente encuadrado en la categoría de mejor actor de reparto, pero haciendo justicia, eso sí, a una carrera que merecía al menos la nominación.

Otros títulos importantes de su filmografía:

La rebelde (Robert Mulligan, 1965)
La noche de los generales (Anatole Litvak, 1966)
Waterloo (Sergei Bondarchuk, 1970)
El regreso de la pantera rosa (Blake Edwards, 1975)
Jesús de Nazareth (Franco Zefirelli, 1977)
Asesinato por decreto (Bob Clark, 1978)
Lobo (Mike Nichols, 1994) 
Una mente maravillosa (Ron Howard, 2001) 
Plan Oculto (Spike Lee, 2006) 
El imaginario del doctor Parnassus (Terry Gilliam, 2009) 
Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres (David Fincher, 2011)

martes, 23 de agosto de 2011

Stewart y Mann: en las fronteras del Far West

James Stewart (izq) y Anthony Mann (centro)
¡Hoooooola cinéfilos! Siento haberme ausentado tanto, el deber y mi escasa disciplina han sido los culpables del abandono temporal del blog. Cosas de la voluntad. Y la pereza. Mea culpa.

Pronunciadas las disculpas, hoy quería  poner en el lugar que corresponde a uno de mis actores favoritos, un clásico que brilló a la luz de Hitchcock, Preminger, Ford y tantos otros genios. No es otro que James Stewart, concretamente en ese matrimonio profesional con Anthony Mann que tantos buenos frutos dio a un género por entonces en pleno apogeo: el western. 
Todo gran director que se precie contaba con su propia musa en la que plasmar sus ideas y, a su vez, en ese juego recíproco de la creatividad, servirse de ella como fuente inagotable de inspiración. De esta manera, hemos disfrutado de productivas parejas del celuloide como Scorsese y De Niro, Burton y Deep, Kurosawa y Mifune, Wilder y Lemon... 
James Stewart y Anthony Mann trabajaron codo con codo en 5 películas entre 1950 y 1955. La primera manifestación de esta colaboración fue Winchester 73, quizás la más célebre de todas. En ella la trama gira en torno al famoso rifle de repetición. Lin McAdam (Stewart) irá tras la pista del rifle que ganó justamente en un concurso, pero que su propio hermano, Dutch Henry Brown, le arrebata para pasar por diferentes dueños a lo largo del film. Esta búsqueda le servirá no sólo para recuperar el winchester, también para vengar el asesinato de su padre, muerto a manos de su propio hermano.
Esta labor conjunta se consolidaría con Horizontes Lejanos (1952), la ancestral historia de la búsqueda de redención huyendo del pasado hacia una nueva vida en la que, lógicamente, los fantasmas reaparecerán. Después vendría Colorado Jim (1953) para retomar el tema de la venganza de Winchester 73 desde otra perspectiva, esta vez alimentada por la codicia, otorgando al personaje de Stewart una conducta injustificada moralmente. Un año después, se estrenó su cuarta colaboración, Tierras Lejanas. Mann incide en la misma temática: venganza, codicia, huida de un pasado oscuro... pero esta vez a través de unos personajes más ricos en matices, en los que lo bueno y lo malo no resulta tan evidente como en las anteriores. Este magnífico tándem pondría su broche final con El Hombre de Laramie (1955), donde el pasado vuelve a jugar un papel crucial que determina la motivación de Will Lockhart (Stewart): encontrar a los comerciantes que vendieron armas a los indios que mataron a su hermano. La producción de ambos pudo verse ampliada en 1957 con la película La Última Bala. Desgraciadamente, Mann se desinteresó pronto del proyecto, pues consideró que era un guión demasiado mediocre y fue sustituido por un director de menor categoría, James Neilson.

viernes, 8 de abril de 2011

Gil Parrondo, decorados "made in Spain"

Mucho antes de que Almodóvar, Bardem, Pe y compañía conquistaran Hollywood, hubo otros profesionales de nuestro cine, de menos campanillas pero tan superdotados en lo suyo como aquellos, que triunfaron y aportaron ese talento a las grandes producciones norteamericanas de los sesenta y setenta. Uno de ellos fue el decorador de cine, televisión y escenógrafo teatral Gil Parrondo. Su buen hacer fue reconocido con dos oscars a la mejor dirección artística por Patton (1970) y Nicolás y Alejandra (1971), ambas del director Franklin J. Schaffner, aunque también es cierto que trabajó en otras películas oscarizadas en las que no se reconocía  su trabajo en los títulos de crédito, por lo que pudo conseguir alguno más. El único español que ha logrado igualar esta marca es Pedro Almodóvar.

Sus primeros pasos los dio como ayudante del decorador alemán Sigfried Burmann, uno de los más influyentes decoradores de España, con el que colaboró en películas como Los últimos de Filipinas (1945) o Lola la Piconera (1950). Tras unos años en los que trabaja, por fin, como decorador titular, participará en una de las primeras superproducciones hollywoodienses que se rueda en nuestro país, Alejandro el grande (1955), que contaba con actores de la talla de Richard Burton y Claire Bloom. Aunque la experiencia que adquirió en el rodaje fue innegable, la relación con el director no resultó la más deseada:

"La relación que mantuve con (Robert) Rossen fue absolutamente nula. Le conocí, por supuesto, y hablamos cuando localizábamos, pero la colaboración mía era directamente con el director artístico...".

Teatro Price en El maravilloso mundo del circo
En los años 60, Parrondo se unió a las superproducciones rodadas en España por el magnate Samuel Bronston, como Rey de reyes (1960), El Cid (1961) y El fabuloso mundo del circo (1964), en las que conocerá a actores míticos como Claudia Cardinale, John Wayne o Ava Gardner y donde se pueden ver localizaciones elegidas por Parrondo como El Teatro-Circo Price de Madrid en El fabuloso... o la fachada de la Catedral de Burgos en El Cid. Más adelante, continuará su brillante trayectoria con proyectos de menor envergadura económica, como los realizados con Ray Harryhausen y el maestro de las maquetas Emilio Ruiz del Río, pero igualmente satisfactorios a nivel personal, ya que tuvo que diseñar decorados muy imaginativos y de una gran dificultad técnica, como los interiores del submarino Nautilus para La isla misteriosa (1961).

Doctor Zhivago
Su inagotable talento no pasó desapercibido para el director David Lean, quien rodó Lawrence de Arabia  (1962) y Doctor Zhivago (1965) en España. Parrondo no aparecía en los créditos finales, pero colaboró en encontrar las mejores localizaciones posibles y diseñar los interiores. En Doctor Zhivago, la idea de la casa helada de Lara surgió de una casa fotografiada por Parrondo en los Pirineos, en la que una ventisca había cubierto la chimenea de nieve por una ventana rota. En cuanto a Lawrence de Arabia, la localización de la ciudad de Aqaba también fue mérito de Parrondo, quien la situó en un lugar conocido como El Algarrobico, Almería.

La trayectoría de Parrondo, afortunadamente, no ha acabado. Su última participación la encontramos en la película española Pájaros muertos (2008) y de entre su larga filmografía podemos destacar, además de las ya mencionadas, las siguientes películas, que no harían sino resaltar aun más su categoría, elevándolo a uno de los mayores valores de nuestro cine, y de los menos reconocidos:

- Orgullo y Pasión (1956, Stanley Kramer).
- Espartaco (1959, Stanley Kubrick). Sin acreditar.
- 55 días en Pekín (1962, Nicholas Ray). Sin acreditar.
- La gran esperanza blanca (1969, Martin Ritt).
- Viajes con mi tía (1972, George Cukor).
- Robin y Marian (1976, Richard Lester).
- Volver a empezar (1982, J. L. Garci).
- El abuelo (1998, J.L. Garci). 

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